Ser becaria Fulbright “to make things happen”

Pilar Gonzalo FulbrightCuando pienso en el momento en el que me notificaron la concesión de una “Beca Fulbright para la Ampliación de Estudios Artísticos y de Gestión Cultural en los Estados Unidos de América”, siempre –sin excepción– me emociono. Además de una ayuda económica diferencial, la Beca Fulbright suponía un reconocimiento a muchos años de esfuerzo e ilusión –míos y de mi familia– además de una oportunidad para una persona como yo, con enormes ganas de aprender y de conocer otras culturas. Así pues, la Comision Fulbright me estaba ofreciendo en aquel preciso instante la oportunidad de poder hacer realidad mis deseos.

Era 2005 y yo estaba terminando, palpando el final de mi Tesis Doctoral, cuando desde la Comisión Fulbright me ofrecieron la oportunidad de adelantar mi viaje para asistir a un curso pre-académico en UPenn, Philadelphia. La elección fue muy difícil, pues asistir al curso suponía no terminar la escritura de la tesis. Cinco años después continúo feliz de haber seguido los buenos consejos de mi mentor, Guy Vanover, y haber participado en aquel extraordinario encuentro de casi un mes que, dicho sea de paso, buena falta me hacía.

Fui a Estados Unidos sin tener mucha idea de aquel país y aunque la hubiera tenido me hubiera servido de bien poco, pues si hay algo que caracteriza a los Estados Unidos de América es su diversidad y su querencia al cambio. Además, llegué en un momento muy particular: caídas las torres gemelas, en plena “Era Bush”, a punto de suceder el desastre del huracán Katrina y en medio de la psicosis internacional frente al terrorismo fundamentalista islámico. Y fue precisamente allí donde –contra todo pronóstico– conocí nada más llegar a más de cuarenta iraquíes a la vez, también becarios Fulbright. Estaba claro que cualquier cosa podía ser posible con una beca de estas características y en un país como aquel, demasiado sorprendente a la postre como para tener expectativas cerradas sobre él. He de decir que mi inicial falta de conocimiento sobre cualquier aspecto social de los Estados Unidos de América se tradujo en una ventajosa falta de prejuicios. Esto me permitió disfrutar del atractivo de “lo extraño” y “lo maravilloso” de aquel país, casi en su exacta esencia psicoanalítica.

Gente de todo tipo. Durante mis años en Estados Unidos conocí desde a un indio cherokee, hasta una estudiante que donaba el 10% de su sueldo a Israel, pasando por una “celebrity” de Hollywood, además de a personas de partes del planeta que jamás se me ocurrió que alguna vez pudiera llegar a conocer. Estados Unidos es tan grande en todos sus sentidos que en mi opinión resulta imposible llegar a conocerlo. No obstante, si tuviera que recomendar una forma auténtica e intensa de acercarse a él diría –sin duda– “pídete una Fulbright”.

Una característica diferencial del Programa Fulbright es que no se trata sólo de una mera aportación económica, sino que supone un proyecto de intercambio cultural y educativo que funciona como una red internacional de relaciones, durante y después de la beca. Por eso podría decirse que más que una marca como puede que algunos lo vean, “ser Fulbright” TE MARCA.

Quienes hemos sido (somos) becarios Fulbright, compartimos entre nosotros una mirada complice de quien sabe “que tú también sabes” lo que ha sido esa experiencia. Porque más que una beca, Fulbright es una actitud vital que germina y continúa en nosotros durante el resto de nuestras vidas. Por eso precisamente nos gusta reunirnos: para preservar juntos ese legado, potenciándolo, difundiéndolo y recordándolo. Y eso quiero hacer: “recordar”, un verbo que proviene del latín re-cordis y que significa: “volver a pasar por el corazón”. Un verbo que justifica nuestra común melancolía repartida ya para siempre entre dos países.

Viviendo en Estados Unidos redescubrí a España: me hizo quererla aún más y sentirme orgullosa de sus virtudes, además de optimista en lo que podía ser mejorado. Por eso, aunque triste por terminar aquella fantástica experiencia, volví a mi país con ilusión y determinación “to make things happen”. No fue fácil, no está siendo fácil, pero esa es otra razón por la que los Fulbright nos re-unimos: para ayudarnos y para animarnos a seguir luchando.

Finalmente, no hay que olvidar que una Beca Fulbright no hace a nadie mejor persona, pero sí que nos da la oportunidad de hacer que las cosas sucedan. De modo que después de haber disfrutado de la experiencia Fulbright estamos obligados a mantenernos a la altura de la responsabilidad que adquirimos cuando aceptamos dicha oportunidad. Por eso quiero “re-cordar” que desde entonces, nuestro compromiso ha de ser colaborar en hacer del mundo un lugar mejor para todos.

Interesada en los contenidos y en las personas.

Posted in España-USA, Fulbright

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