Recetas para lograr instituciones culturales más transparentes

All Done!

“¿Qué puedo hacer para ser más transparente?”, es la pregunta que un número creciente de profesionales de la cultura española ya está comenzando a formular de manera explícita.

Pese a que dicha cuestión sea en sí misma el flagrante síntoma de la enfermedad que sufre la cultura en España (la opacidad que, bien por desidia, bien por falta de formación o voluntad impera en las instituciones culturales); también constituye un primer y prometedor paso con el que impulsar un cambio para que instituciones, gobernantes y gestores de la cultura rindan cuentas a la ciudadanía sobre su actividad. La oportunidad está ahí.

Cada vez más, los responsables de instituciones culturales están manifestando un mayor esfuerzo por que sus organizaciones sean más transparentes. Sin duda, a ello han contribuido trabajos como el último Informe de transparencia y buen gobierno de los museos de Bellas Artes y Arte Contemporáneo 2014, impulsado por la Fundación Compromiso y Transparencia, así como la labor sostenida de iniciativas específicas, tales como el Foro de Cultura y buenas prácticas en España.

Es una buena noticia que, en los últimos tiempos de descrédito general hacia las instituciones, la transparencia se esté poniendo de moda entre “los de la cultura”, urgidos como parecen en la actualidad por el deseo de hacerlo todo “con buenas prácticas”.

Solo cabe dar la bienvenida a dicha tendencia, siempre y cuando supere la mera dialéctica y llegue para quedarse, ya que si hay algo que caracteriza a la propia noción de moda es su naturaleza efímera y cambiante.

Así pues, el temor a que este afán apremiante por ser transparentes expire con el transcurrir transitorio de las modas, obliga a subrayar algunos motivos por los que hay promover una cultura transparente y cómo habría que hacerlo.

Superando el ‘qué dirán’

La cultura en España necesita compartir criterios y resultados sobre sus actuaciones. Aparte de coyunturas económicas y fiscales, es necesario admitir que uno de los males endémicos -y más invisibles- de nuestro sector cultural son los “corrillos profesionales”.

Esto sucede de tal manera, que muchos incluso consideran parte de su trabajo estar presentes en dichas tertulias y citas sociales en las que “se cuece todo” (y, por lo general, también se concilia poco) para poder acceder a información privilegiada y a entornos de influencia profesional en los que proliferan las consabidas redes clientelares de la cultura.

Sin duda, un sector cultural más transparente y volcado en la rendición de cuentas objetivaría las actuaciones y opiniones en base a datos compartidos, que reducirían especulaciones y la común sensación de arbitrariedad e inestabilidad que impone el actual entorno de “corrillos profesionales” de la cultura.

Ni que decir tiene que también pondría freno a la tupida red de relaciones clientelares que, beneficiando a unos pocos, perjudica a todos.

Por estas mismas razones, urge que los órganos de gobierno de las organizaciones culturales hagan un ejercicio de transparencia y compartan las decisiones que toman, así como los criterios por los que lo hacen.

Resulta significativo que, tal como desvela en el citado Informe de transparencia y buen gobierno de los museos de Bellas Artes y Arte Contemporáneo 2014, tan solo uno de los 60 museos analizados comparta las actas de sus reuniones: la Fundació Pilar i Joan Miró a Mallorca.

Esta rareza en nuestro país, sin embargo constituye una práctica habitual en otras instituciones culturales, como las británicas. Así, por ejemplo, el British Museum publica en su página web las actas de su patronato desde el año 2003.

Pero lejos de dejarse apabullar por lo que otros puedan hacer, este tipo de ejemplos han de servir para tomar como referencia prácticas estandarizadas en transparencia y rendición de cuentas que ya han aportado probados beneficios en instituciones análogas.

Solo queda que los responsables de organizaciones culturales superen el miedo al “qué dirán”, que hace recelar a muchos de compartir información, curiosamente consolidando con ello un entorno profesional basado en rumores en el que, sin información relevante compartida, la proliferación de especulaciones se extiende de manera muy tóxica para sus propias instituciones.

Por otra parte, los responsables de organizaciones culturales deben asumir que la gestión de la cultura significa estar expuestos a la lupa de la supervisión ciudadana y que, precisamente por eso se les llama “responsables”, porque tienen responsabilidades. La cultura es una actividad de interés general y, por eso, hay que rendir cuentas a la ciudadanía.

Llegados a este punto cabría preguntarse por cuáles son las prácticas que sería más conveniente adoptar. En otras palabras, ¿sobre qué aspectos se ha de ser transparente en una sociedad y por parte de unas instituciones culturales como las españolas, poco acostumbradas a rendir cuentas?

Una receta casera “always beta

Una de las consideraciones más importantes a tener en cuenta es que la transparencia en una institución cultural ha de ser un ejercicio en constante prueba y revisión, que se ha de adaptar a un momento y a un contexto en perpetuo cambio.

Esta circunstancia establece un curioso guiño al propio acontecer de la moda, que anteriormente se mencionaba como algo potencialmente indeseable por su inestabilidad, y que sin embargo era entendida por Baudelaire como el signo de una “actitud moderna”, asentada sobre ese concepto de devenir que, desde los presocráticos, impregna el discurrir de la filosofía occidental. De esta manera, unirse a la moda de la transparencia significa compartir la sensibilidad de la sociedad del momento.

La transparencia es una práctica que tiene por objetivo contribuir a que las instituciones culturales rindan cuentas a sus grupos de interés. Pero determinar qué es lo relevante para los grupos de interés de cada institución es un ejercicio que le corresponde realizar a cada entidad.

No obstante, aunque no existe una lista cerrada de indicadores “de transparencia”, sí hay elementos de gestión y buen gobierno en las instituciones culturales que sería recomendable que compartieran de manera transparente.

Un ejemplo de algunas áreas e indicadores pueden encontrarse en el citado Informe, pero lejos de ser una “ciencia exacta” han de ser adaptados a las circunstancias de cada institución.

Al igual que sucede con las recetas gastronómicas que, cuanto más populares, más locales y variadas son, la transparencia no es una lista cerrada de indicadores, sino que se ha de adaptar de manera cambiante a las circunstancias, los tiempos, gustos, necesidades y posibilidades de quienes le han de dar uso; unos grupos de interés también sujetos, por qué no, a la moda del momento.

Dicho de otro modo, la transparencia de una institución cultural ha de ser una receta “hecha en casa” de manera específica para unos comensales a quienes previamente sería deseable conocer. ¿Para qué trabajan si no las instituciones culturales?

Publicado originalmente en Compromiso Empresarial, marzo 2016.

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