‘Advocacy Toolkits’ para defender, apoyar y promover el valor de la cultura

En un momento como el presente en el que la economía parece ser la única perspectiva posible, es necesario hablar de lo que hace que la cultura sea esencial en la vida de las personas, lo que hace que, sin cultura, el único futuro posible sea la barbarie.

¿Por qué ha de importar la cultura? Esta es la pregunta a la que urge dar respuesta en España, de forma explícita y contundente, y que otros países ya se han aventurado a abordar.

Durante los últimos años el Reino Unido se ha esforzado en encontrar argumentos que respondan a esta cuestión, como por ejemplo, la campaña de sensibilización Culture Matters promovida por el Arts Council England.

Y mientras que en la actualidad dicho país reflexiona sobre los resultados de 50 años de políticas culturales de cara a qué estrategia seguir para las futuras generaciones, España parece atrapada en una reiterativa réplica de eslóganes que, no por certeros, son incapaces de resolver los problemas de la cultura ni sensibilizar eficientemente sobre su importancia capital en la sociedad.

Frases como “la cultura no es un lujo” o “sin cultura no hay futuro ni dignidad”, se han podido leer entre las numerosas pancartas que en España se han manifestado en contra de la subida del “IVA cultural” o de los recortes presupuestarios en cultura. No obstante, tras el paso del tiempo poco parece haber quedado de todo aquello, excepto una inanición del sector profusamente diagnosticada y una sensación general de derrota y “sálvese quien pueda”. Pero a pesar de sus exiguos resultados, ¿qué se puede aprender de esta experiencia?

Acercar el valor de la cultura

España es un país en el que la protesta parece contar con más apoyo y predicamento que la transformación social efectiva, y en esto la cultura no se ha comportado de manera distinta.

Sin embargo, en países como el Reino Unido o Estados Unidos es habitual encontrar que las organizaciones culturales invierten importantes recursos en promover y practicar lo que en inglés se llama advocacy.

Advocacy, un término de difícil traducción en español en una única palabra, significa “el acto o proceso de escribir, hablar o actuar en favor o apoyo de una causa” y constituye el verdadero motor social de las organizaciones culturales de otros países.

¿Y las organizaciones españolas?, ¿qué labores específicas de apoyo, defensa y difusión de la cultura están desempeñando? Podría decirse que pocas o, cuando menos, poco útiles.

Cabe preguntarse por cuántos ciudadanos se han sentido interpelados por iniciativas tan bienintencionadas como poco efectivas, como Por el arte. Espacio de apoyo al arte contemporáneo español.

Este proyecto, impulsado por distintas asociaciones del sector de las artes visuales “gravemente preocupadas por el deterioro del contexto institucional y social para el arte actual” promovió en 2012 un Manifiesto por la cultura en España.

Su última actividad data de ese mismo año. Y es que, como señala David Marquez Martín de la Leona en El crepúsculo de los lobbies, “el modelo de las asociaciones profesionales como articuladoras e interlocutoras de los sectores de la cultura, parece estar viendo ciertos agotamientos y cuando menos, graves disfuncionalidades”

Otro ejemplo similar lo constituye la Plataforma en Defensa de la Cultura, que pareció haber fagocitado la iniciativa anterior y otras tantas similares y que ha gozado de una importante actividad durante los últimos meses.

También con un Manifiesto propio que data de 2014, este conglomerado de organizaciones celebró en marzo de 2015 un Congreso en defensa de la Cultura. Esta jornada de denuncia vino acertadamente precedida por una batería de debates de enfoque sectorial caracterizados, sin embargo, por una profusa yuxtaposición de monólogos que lamentablemente se limitaron a diagnosticar (una vez más) la mala situación del sector y a “predicar a los conversos”.

Por si fuera poco, este congreso coincidió en tiempo con otro de objetivos similares: la II Conferencia Estatal de la Cultura, promovida por la Federación Española de Asociaciones de Gestores Culturales (Feagc).

Este solapamiento entre iniciativas con similar espíritu ejemplifica la manifiesta falta de diálogo efectivo entre los distintos agentes de la cultura en España. La notoria atomización de los profesionales de la cultura mina, indudablemente, las escasas fuerzas de un sector productivo que, pese a ser muy potente, paradójicamente cuenta con insuficiente reconocimiento social y escaso sentimiento de afiliación por parte de los ciudadanos.

Pese a la sucesión de eventos de mera catarsis colectiva, es necesario señalar que la II Conferencia Estatal de la Cultura generó un importante recurso: el Pacto por la Cultura 2015.

Este documento destaca la importancia capital de la cultura -especialmente en un escenario de incertidumbre social, cultural, política y económica como el que España está experimentando en los últimos años- y propone medidas bien orientadas y relativamente concretas que, lógicamente, necesitan del compromiso de los demás para ser efectivas.

Pero este es precisamente uno de los mayores problemas que ha de afrontar la cultura en España: la falta de implicación por parte de sus grupos de interés (profesionales, ciudadanos, administración pública, empresas y organizaciones) (vid. Algunas preguntas sobre mercado, políticas, gobernanza y participación en la cultura). ¿Qué se puede hacer para que la cultura goce del apoyo general de la sociedad? ¿Qué se puede hacer para que el advocacy cultural se practique más y de forma más eficiente en España?

Proporcionando herramientas a los grupos de interés

A diferencia de España, en otros países las causas culturales están en manos de los ciudadanos, que sienten la cultura como suya. Son ellos y ellas quienes se encargan de defenderla, apoyarla y difundirla. Por eso, con este escenario (todavía en construcción en España) son muchas las organizaciones culturales de dichos países que diseñan y comparten instrumentos específicos de apoyo a sus causas, dirigidos y adaptados a los distintos grupos de interés.

Estos instrumentos tienen el nombre de Advocacy toolkits (“caja de herramientas de promoción”) y están diseñados para ayudar a los defensores de una causa a ejercer su labor de forma más eficiente.

Los Advocacy toolkits describen lo que la organización piensa sobre la forma en la que se ha de defender, apoyar y difundir su causa, a la vez que ayudan a los colaboradores de la organización y a otras instituciones a involucrarse más y mejor en el trabajo de promoción de la misma.

Con este fin incluyen herramientas y manuales que cimentan la capacidad de sus grupos de interés para promover su causa, además de evaluaciones con las que determinar la capacidad institucional para la ejercer estas labores de promoción.

También suelen contener manuales para el análisis y cartografiado de políticas, o directrices para la planificación de actividades de advocacy. La idea es que los materiales que se incluyan estén basados en datos, estén bien organizados y sean de fácil comprensión.

Un ejemplo significativo es el advocacy toolkit #culturematters elaborado por el Arts Council England y mencionado anteriormente. Esta “caja de herramientas” se ha diseñado para ayudar a llegar a los demás y “contarles el valor y el impacto de la inversión pública en las artes y la cultura, tanto desde una perspectiva local como nacional”.

En él se incluye un vídeo de tres minutos y medio en el que Sir Peter Bazalgette, presidente y patrono del Arts Council England, defiende que es importante contar por qué las artes y la cultura son beneficiosas y cómo contribuyen a la sociedad; y explica además cómo hay que hacerlo.

Sir Bazalgette anima a las organizaciones a construir su caso (su propio relato de cómo su trabajo contribuye de forma positiva a la sociedad) y a hacer que todos lo entiendan y actúen como embajadores del trabajo que desde la organización se hace.Recomienda que las organizaciones trabajen en la difusión y promoción de estos relatos allá donde realicen una actividad y también a que hagan lobby estableciendo relaciones con los políticos y líderes de opinión locales ya que es importante señalar que esta campaña se orienta a las elecciones generales del Reino Unido, que se celebrarán en mayo de 2015, y tras las cuales los presupuestos serán revisados.Desde el Arts Council entienden que es necesario que quienes vayan a ser responsables de los próximos presupuestos, han de afrontar esta tarea siendo plenamente conscientes del valor de la cultura y las artes en la sociedad británica y de que por eso han de invertir en ella.Además de un vídeo, se incluyen ejemplos inspiradores de cómo otros han demostrado el valor de su trabajo, además de un práctico manual de cuatro páginas que guía a cualquier persona en el trabajo de hacer promoción de la causa (la inversión pública en cultura).De entre los materiales incluidos en este toolkit, quizás el más destacado sea lo que se ha llamado Holistic Case, consistente un argumentario global con mensajes clave sobre “cómo pensar y describir los beneficios de la cultura y el arte -su valor cultural; cómo contribuye a una sociedad floreciente, a la educación y a la economía- y cómo estos beneficios son interdependientes”.Este argumentario se articula en torno a cuatro puntos: el valor cultural, la sociedad, la educación y la economía; y viene acompañado de una pequeña guía sobre cómo una organización puede elaborar su caso, para lo cual distingue entre tres posibles interlocutores destinatarios del caso: el público; los gobiernos locales y nacionales; y los medios de comunicación.

El Holistic Case se complementa por el informe The value of arts and culture to people and society – an evidence review que aporta datos cuantitativos sobre el impacto de la cultura en el Reino Unido y señala además las carencias detectadas que será necesario cubrir en el futuro.

El informe viene también acompañado por atractivos gráficos y didácticas visualizaciones de datos, todos descargables de la página web y de fácil difusión en redes sociales.

Otra organización destacada en la defensa, el apoyo y la promoción de la cultura es la estadounidense Americans for the Arts, que cuenta en su web con una sección -la primera de todas- enteramente dedicada al advocacy. Lo primero que se encuentra el usuario al visitarla es una referencia al Arts Advocacy Day, cuya última edición se celebró el pasado marzo y que se convoca anualmente desde hace más de una década.

Además, esta sección incluye un apartado de noticias, además de otros sobre legislación, y sobre hechos y cifras. También incluye una herramienta en la que en tan solo dos minutos cualquier persona puede hacerle llegar al Congreso su apoyo a las artes y a la educación artística y, cómo no, un completo Advocacy toolkit para individuos y otro para organizaciones.

Son muchas las organizaciones culturales de países como Estados Unidos, Reino Unido, Nueva Zelanda o Australia; que están compartiendo estos instrumentos diseñados para que terceros -la sociedad en general- pueda apoyar sus causas.

Esta es probablemente la mejor vía para estar legitimado y capacitado para transformar la realidad. Así fue posible que, por ejemplo, un grupo de artistas, residentes, empresarios y líderes comunitarios de la isla de Bainbridge en el Estado de Washington, EEUU, fueran capaces de construir un museo desde cero para mostrar el arte de su región y de su tiempo.

Para promover su visión, sensibilizar y recabar apoyos; este grupo de personas puso en marcha el proyecto The Conversation of Art en el que la comunidad de la zona reflexionaba y daba respuestas a preguntas, tan difíciles y relevantes como: Why does art matter to you? (¿Por qué te importa el arte?) El Bainbridge Island Museum of Art finalmente abrió sus puertas en 2013 y representa un magnífico ejemplo de cómo una comunidad de personas afines a las artes ha sido capaz de construir un museo involucrando a la sociedad en ello mediante el advocacy. The Conversation of Art ha recibido un premio a la excelencia en 2014, concedido por la Washington Museum Association.

Es necesario que la sociedad española participe como protagonista en la promoción de la cultura. Los hechos demuestran que, hasta la fecha, las acciones desarrolladas hasta el momento han dado pocos frutos y muy volátiles.

Por eso es necesario implicar a los ciudadanos para convertirlos en embajadores de lo cultural. Sólo de esta manera será posible disfrutar de una cultura fuerte, autónoma y sostenible en España.

Tanto las organizaciones profesionales como quienes ya están convencidos del valor de la cultura para la sociedad, han de ponerse manos a la obra en la tarea de facilitar a terceros esta labor, articulando casos de las propias causas y creando instrumentos que los apoyen con los que poder ayudar a quienes mejor pueden promover su valor: los ciudadanos.

Publicado originalmente en Compromiso y transparencia, abril 2015


¿Sin dinero para cultura? Dos medidas gratuitas para hacerla sostenible

La financiación de la cultura en España está en mínimos. A las administraciones públicas recortando sus presupuestos se han unido las organizaciones privadas que prefieren invertir, si acaso, en otras áreas distintas de la cultura, con mayor impacto social y típicamente incluidas en la responsabilidad social corporativa, como son la salud o el medio ambiente.

No ha de extrañar pues que infinidad de organizaciones y proyectos culturales, especialmente los más débiles y minoritarios, hayan entonado en los últimos años agónicas llamadas de socorro o, incluso, desaparecido.

Paralelamente a esta radical caída en la financiación de la cultura, ha surgido un fenómeno inversamente proporcional: la abundancia de diagnósticos de la situación (con calidad y fiabilidad desigual) unida a la creciente organización de congresos y conferencias dedicados a la situación financiera del sector.

Pero mientras que estos eventos suelen poner de manifiesto la urgencia por encontrar soluciones, quienes asisten a ellos raramente salen con la sensación de haber presenciado un intercambio argumentado de ideas, con conclusiones o recomendaciones que se puedan aplicar de forma concreta. Y es que la constatación de lo obvio y la acumulación de diagnósticos sin soluciones aparejadas, parecen ser el común y único hilo conductor.

Por si fuera poco, la inminencia electoral promete una efervescencia todavía mayor de artificios teóricos que a la hora de enfrentar el día a día resultan bastante estériles.

Parte del problema es que España es un país poco acostumbrado a intercambiar ideas. Cabe reconocer que culturalmente está muy lejos del “freedom of speech” anglosajón. Mientras que los adolescentes británicos se entrenan en la argumentación y ejercitan su capacidad de análisis del arte en el espléndido concurso escolar ARTiculation Prize, asegurando con ello futuros públicos y profesionales de enorme calidad crítica para las organizaciones culturales de su país; en España todavía se está tratando de encontrar la piedra filosofal para la integración del arte en la educación formal.

Pero pese a la falta de “cultura de debate”, el principal problema que afecta a las soluciones sobre la financiación de la cultura en España es que su tratamiento sigue planteándose en términos casi exclusivamente economicistas. Esto conduce a la recurrente conclusión de que, para que haya cultura, hace falta dinero, el cual aflorará (supuestamente) cuando exista una Ley de Mecenazgo.

No obstante, es necesario señalar que en España, no solo existen medidas fiscales que incentivan la cultura, sino que además existen algunas leyes de mecenazgo de ámbito autonómico, como la Ley Foral 8/2014, de 16 de mayo, reguladora del mecenazgo cultural y de sus incentivos fiscales en la Comunidad Foral de Navarra, la Ley 9/2014, de 29 de diciembre, de la Generalitat, de impulso de la actividad y del mecenazgo cultural en la Comunitat Valenciana o el Anteproyecto de Ley por el que se adoptan medidas tributarias y administrativas destinadas a estimular la actividad cultural en Andalucía; algunas de ellas con propuestas interesantes que se podrían extender al resto del Estado y que merecerían un análisis específico en un artículo aparte.

Pero al margen de incentivos fiscales, la cuestión relevante a priori es qué modelo es necesario promover para que la cultura pueda disponer, de manera sostenible, de la necesaria financiación.

Una cultura sostenible no significa una cultura “autofinanciada” por el mercado

En estos extraordinarios tiempos en los que la sostenibilidad económica de la cultura se está planteando en términos de autofinanciación, parece inevitable recordar que la cultura pública ha de ser, necesariamente, deficitaria. En otras palabras: está diseñada para perder dinero, un dinero que el Estado recibe de los ciudadanos y reinvierte en su beneficio.

Si, por ejemplo, el Teatro Real cobrara por butaca lo que en realidad le cuesta la producción de una ópera, se estaría hablando de entradas que aproximadamente multiplicarían por 20 su actual venta al público. Parece pues claro que una política de precios reales sería inasumible, además de opuesta al deber constitucional que el Estado tiene de garantizar el acceso a la cultura a los ciudadanos.

Otra cuestión es que el déficit estructural propio de las actuaciones públicas degenere en la irracionalidad e insostenibilidad del propio sistema, situación a la que al parecer se ha llegado por una combinación de excesos y desinterés. Por eso, es tiempo de pensar un modelo de financiación de la cultura, sostenible, y distinto del que entiende que se ha de autofinanciar por la vía única del mercado.

Las exigencias de los votantes responsables han de ser los compromisos de los programas políticos

La cultura no es un negocio, sino un horizonte hacia el que caminar que ha de estar presente siempre en la gestión de los bienes, sin duda finitos, con los que cuenta lo público. Entonces, ¿qué se puede hacer si, efectivamente, el dinero para la cultura es escaso y finito? En este tiempo de campañas electorales, profuso en palabras y promesas, es necesario incorporar el debate de las políticas culturales a la arena electoral. Es responsabilidad de los ciudadanos que así sea.

Mientas que muchos defienden que la precaria situación actual de la cultura se debe a los recortes gubernamentales sobre los presupuestos de cultura, otros creen que se trata de un problema que, incluyendo eso, tiene más largo recorrido y se alimenta de la falta de reconocimiento y valoración que la cultura tiene en la sociedad. Lo que no se valora, no se apoya, y consecuentemente no se protege.

Así pues, parece claro que es necesario impulsar medidas que pongan en valor la aportación de la cultura a la sociedad y la confianza en sus instituciones, para que precisamente sea la sociedad, sus ciudadanos, quienes la apoyen y velen por su protección. No hay mayor fuerza política que esa.

Lejos de requerir grandes reformas para su implantación, las dos propuestas que a continuación se proponen sólo necesitan ser incluidas como condición dentro de las convocatorias ya existentes de ayudas y subvenciones para la cultura. Pese a que por sí mismas puedan resultar insuficientes, sí son absolutamente imprescindibles para devolver la confianza de los ciudadanos en la cultura y sus instituciones.

1. Apoye el verdadero éxito en cultura: el cumplimiento de la misión

La crisis económica parece haber difuminado el foco sobre cuál es el verdadero éxito de las organizaciones culturales, que lejos de la rentabilidad económica, no es otro que el cumplimiento de su misión. La misión es la razón por la que las instituciones existen, por la cual trabajan y por la que reciben el apoyo de los ciudadanos a través de sus impuestos y de otras organizaciones.

Resulta pues lógico que estos grupos de interés quieran conocer los resultados de la actividad que realizan las organizaciones culturales. Pero ¿cómo se puede saber si las organizaciones culturales están cumpliendo con su misión? Mediante la medición de impacto y la rendición de cuentas.

La cuestión de fondo es que muchas organizaciones no tienen claramente formulada su misión por lo que, consecuentemente, muy difícilmente podrán conocer y transmitir cuáles son sus resultados. Y es que la cuenta de resultados de una organización cultural se ha de medir en base a indicadores sobre el cumplimiento de su misión, no sobre sus ganancias económicas o con una simple enumeración de actividades.

Así pues, quienes apoyan a la cultura con su dinero (que en lo público son todos los ciudadanos), deberían exigir a las organizaciones culturales -como condición inexorable a recibir donaciones privadas y ayudas públicas- una preceptiva rendición de cuentas que explique la forma en la que se gestiona y se gobierna cada proyecto cultural, que presente cómo se va a medir el impacto de su proyecto y que posteriormente explique cuáles han sido sus resultados y si estos, efectivamente, han contribuido al desarrollo de la misión.

Eso es, exactamente, el éxito de un proyecto cultural y esa debería ser la condición para un sistema sostenible de apoyo económico. Pero, ¿por qué “sostenible”? Porque genera confianza y por tanto, apoyo social (y económico) hacia la cultura.

En realidad no hay por qué inventar demasiado, sino prestar atención a modelos y propuestas ya existentes tanto en otros países, como en España. Por ejemplo, la Fundación Autor establece en su Manual de buenas prácticas en materia de ayudas a colectivos, asociaciones de autores o grupos profesionales:

“…se aconseja que los responsables hagan un esfuerzo encaminado a abrir un proceso transparente y accesible a todos los colectivos. Se deberían establecer condiciones de acceso a las ayudas y a la correspondiente adjudicación, basarse en programas de acciones medibles y cuantificables en su realización. Se aconseja también establecer mecanismos de supervisión y verificación de gastos, se recomienda que estas acciones sean asumidas por comisiones independientes”.

“Se sugiere una cláusula que exija la devolución de las subvenciones en el caso de no realización, total o parcial, de los proyectos, lo que significa que es necesario el seguimiento efectivo del destino de las ayudas”.

A esta propuesta genérica se podría añadir la condición para las organizaciones receptoras de ayudas, de elaborar un informe que incluya una adecuada evaluación de desempeño basado en indicadores claros y estandarizados en las buenas prácticas en gestión. ¿Por qué si no habría que, por ejemplo, conceder beneficios fiscales a las fundaciones culturales? Estos beneficios, que ya se están aplicando sin necesidad de una Ley de Mecenazgo, se justifican en la base de que las fundaciones son organizaciones que ejercen un bien social. La medida que se propone sólo pide probar que estos retornos se están produciendo de forma efectiva.

2. Promueva los incentivos sociales (además de los fiscales)

Lo decía Donald Sassoon, profesor de historia comparada de la Universidad de Londres, sobre lo que es cardinal para la cultura: “Es mucho más importante el tiempo para disfrutarla, que el dinero”. Por eso, los incentivos para hacer que la cultura sea sostenible deberían ir encaminados hacia lo social, y no sólo hacia lo fiscal que, según opinan expertos como el propio Sassoon, no es garantía de una suficiente financiación de la cultura ni de su estabilidad, diversidad y sostenibilidad.

Sassoon defiende que lo que se debe patrocinar no son las artes, sino el disfrute de las artes. Por eso, se debería comenzar a considerar al usuario, espectador o público cultural como el verdadero protagonista de las políticas de financiación de la cultura y no sólo a sus profesionales como ha venido siendo hasta ahora.

Así pues, la diversidad efectiva de públicos y manifestaciones culturales ha de ser un indicador a la hora de promocionar políticas y medir resultados si se quiere mantener un sistema de la cultura sostenible.

Por esta razón, es imprescindible que la administración pública ejerza su papel como agente compensatorio y activo de la cultura, puesto que la intervención única del mercado anularía, como ya está pasando, todas las expresiones minoritarias y de menor impacto mediático.

¿Cómo fomentar políticas culturales de incentivos sociales? Una posibilidad es, sin duda, rebajando el llamado “IVA cultural”, pero no es la única vía.

Es posible aplicar medidas como el establecimiento de bonos culturales, como los que ya se impulsan desde el Gobierno de Extremadura para favorecer el acceso a la cultura de los jóvenes o la Bizkaiko Kultur Txartela, una iniciativa del Departamento Foral de Cultura de la Diputación Foral de Bizkaia dirigido a incentivar el consumo de productos culturales en sus múltiples soportes.

Sin embargo, existen otras posibilidades vinculadas a otros aspectos sociales distintos del simple precio de venta al público, como por ejemplo, la promoción de horarios diversos que favorezcan la conciliación de la vida personal y profesional o la incorporación de Consejos de Cultura -vinculantes- a los órganos de gobierno de las administraciones.

Además de las expuestas, las medidas concretas a implantar para favorecer el establecimiento de un sistema sostenible para la cultura pueden ser muchas más. Ahora, lo que es crucial es que los ciudadanos las reclamen.

Publicado originalmente en Compromiso Empresarial, febrero 2015


Midiendo el impacto de la cultura como catalizador para el desarrollo: el caso colombiano

Banco de Experiencias Significativas en Cultura BESC

Parece comúnmente aceptado que la cultura es un bien común, un bien tanto en el sentido patrimonial como en el moral, un recurso y un medio que pertenece y beneficia a todos. Sin embargo, y pese a lo extendido de esta idea, resulta muy difícil detallar la forma en la que dichos beneficios se concretan.

La Declaración de México sobre las Políticas Culturales de la Unesco (Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales Mondiacult, México, 1982), convino que, en su sentido más amplio, la cultura puede ser considerada como:

“…el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social. Engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”.

Pero lejos de limitarse a definir un simple marco de contenidos, la Declaración de México se adentra a explicar cómo la cultura afecta a las personas y cuáles son los beneficios que les aporta:

“La cultura da a las personas la capacidad de reflexionar sobre sí mismas. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella las personas se expresan, toman conciencia de sí mismas, se reconocen como un proyecto inacabado, ponen en cuestión sus propias realizaciones, buscan incansablemente nuevas significaciones y crean obras que las trascienden”.

Sin embargo, los últimos años de crisis económica han reducido el debate sobre las aportaciones de la cultura a una mera visión economicista. Esta circunstancia ha limitado considerablemente las posibilidades de que la cultura pueda ser valorada en toda su dimensión, puesto que una gran parte de sus beneficios se sitúan al margen de lo económico.

La consecuencia ha sido la paulatina pero profunda desafección hacia la cultura, que incluso ha pasado a ser percibida por muchos como un lastre prescindible para las arcas públicas. Pese a que esto ha llevado a sus profesionales a salir a las calles enarbolando el lema La cultura no es lujo, es oportuno admitir que se ha hecho sin ahondar en las evidencias y detalles de cómo la cultura aporta beneficios esenciales a la sociedad.

Esta carencia argumental del debate público contrasta con las tendencias globales en políticas culturales, que como en el caso de la Agenda 21 de la Cultura impulsada desde hace ya más de una década por la Red Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales y Regionales (UCLG), dotan de argumentos la reivindicación que la cultura sea reconocida por las Naciones Unidas como “el cuarto pilar del desarrollo sostenible” (que se sumaría a los ya reconocidos de: crecimiento económico, inclusión social y equilibrio medioambiental).

Si los ciudadanos no conocen de manera fehaciente cómo la cultura articula sus beneficios, no podrán valorarla en su justo papel ni, consecuentemente, se sentirán llamados a protegerla y desarrollarla. Para determinar en qué medida un proyecto cultural logra sus objetivos es necesario efectuar una medición de impacto, que pondrá de manifiesto los efectos de una iniciativa en un determinado contexto, poniendo en relación sus metas con los recursos que le han sido asignados.

Banco de Experiencias Significativas en Cultura BESC

Colombia, diseñando una cultura de impacto

Mientras que la cultura española parece ensimismada en sus dificultades económicas y mira con reconocida envidia a determinados países europeos, a Estados Unidos y a Canadá como referentes en políticas culturales; América Latina avanza con paso firme en la reflexión sobre la medición de impacto cultural y la consideración de la cultura como eje fundamental para el desarrollo sostenible.

Un ejemplo de ello es la celebración en febrero de 2014 de la Reunión Internacional para la Actualización de la Metodología de Cuentas Satélite de Cultura (CSC) y la creación de la Red de las CSC, organizada por el Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica y el Convenio Andrés Bello (CAB), que contó con la participación de siete organismos internacionales además de representantes de: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, España, Paraguay, República Dominicana y Uruguay.

De entre todos los países allí reunidos, Colombia destaca por su particular interés en la medición de impacto de la cultura. Llama la atención que, por ejemplo, el Banco de la República haya promovido una colección de publicaciones (Borradores de Gestión Cultural) que buscan divulgar las investigaciones, mediciones y análisis sobre gestión cultural y cuyo primer libro está dedicado precisamente a la medición de impacto en cultura: Índices de impacto cultural. Antecedentes, metodología y resultados.

Asimismo, el Ministerio de Cultura de Colombia está realizando una significativa actividad en lo referente a la medición de impacto de la cultura como instrumento de desarrollo. Muestra de este interés fue la Reunión internacional de expertos en mediciones del aporte de la cultura al desarrollo celebrada en Bogotá en octubre de 2013. A esta actividad, se une el reciente lanzamiento en diciembre de 2014 del Banco de Experiencias Significativas en Cultura (BESC).

Las “experiencias significativas” son definidas como: “conjuntos de acciones que responden de manera creativa, innovadora y satisfactoria a una problemática concreta, por lo cual pueden convertirse en ejemplo o referente para otras entidades u organizaciones en contextos similares o diferentes”. El Banco es una herramienta de gestión del conocimiento que permite “identificar, reconocer, valorar y difundir estas prácticas significativas y tenerlas como referencia y guía para fortalecer las iniciativas y los proyectos culturales en el país”.

Una de sus aportaciones más importantes es, precisamente, su interés por retener y transferir el conocimiento, uno de los aspectos usualmente más complicados en las experiencias sobre cultura y desarrollo ya que, a excepción de los grandes proyectos impulsados desde las administraciones, el panorama de lo cultural se caracteriza por su extrema fluctuación.

Banco de Experiencias Significativas en Cultura BESC

Así pues, el BESC trata de dar respuesta a la pregunta “¿cómo aprender de lo que otros han hecho?”, capitalizando experiencias de proyectos apoyados por el Programa Nacional de Concertación del Ministerio de Cultura. Impulsada desde la Dirección de Fomento Regional, esta convocatoria anual ofrece apoyo a proyectos culturales de interés público que desarrollen procesos artísticos o culturales y que contribuyan a brindar espacios de encuentro y convivencia en sus comunidades. Los proyectos participantes han de trabajar alguna de las siguientes líneas temáticas: diversidad cultural, participación ciudadana, fortalecimiento institucional, y patrimonio y memoria.

De entre los más de 1600 proyectos presentados durante el año 2014, el BESC efectuó una preselección de 88, que fueron evaluados por un equipo de la Universidad Pedagógica en base a cinco criterios (Innovación y creatividad, participación, efectividad e impacto, sostenibilidad y pertinencia y coherencia) con veinte indicadores debidamente ponderados. Finalmente, el BESC ha reunido para su primera fase un total de 45 “experiencias significativas”, que se articulan en base a los cinco criterios definidos.

Muchos de estos criterios coinciden con los definidos por la Agenda 21 de la Cultura sobre buenas prácticas en materia de cultura local y desarrollo sostenible. No en vano, esta agenda ha atesorado más de diez años de prácticas y experiencias específicas en una base de datos que también reúne proyectos de manera similar a como ahora se presenta el BESC. Lejos de que esta coincidencia pueda parecer poco innovadora es, sin embargo, muestra de que el BESC nace muy bien enfocado a la efectividad haciendo un pertinente uso del conocimiento existente adquirido en materia de cultura y desarrollo.

La web de este proyecto, todavía en fase de desarrollo, se ha realizado en colaboración con el Centro de producción audiovisual Atico de la Pontifica Universidad Javeriana, en lo que supone un acierto estratégico al poner en valor también el conocimiento y el talento universitario del país. Incluye un completo buscador que filtra los contenidos a partir de numerosas y relevantes variables. Sus resultados se muestran geolocalizados en un mapa interactivo del país que va mucho más allá de los habituales mapas de recursos culturales y que incluye una gran variedad y riqueza de contenidos, muy bien sistematizados y usable.

En definitiva, el BESC muestra una Colombia en el camino apropiado para conocer la eficiencia de sus proyectos culturales y estar preparada, si acaso, para reorientar su actividad.

Por si esto fuera poco, su interés en la medición de impacto cultural asegura el gasto eficiente de recursos y potencia su sostenibilidad. No sólo el gasto será más eficaz, sino que además se potencia la inversión pública y privada, ya que los proyectos culturales están en situación de poder justificar resultados a la vez que sus financiadores disponen de argumentos objetivos, contrastados y de calidad para poder invertir en tales proyectos.

Publicado originalmente en: Compromiso Empresarial. Enero, 2015


La crisis de la cultura local tras el brillo de El Dorado

Architects Dress as Famous New York City Buildings. January 13, 1931, the Society of Beaux-Arts Architects, New York.

Dicen que no hay dinero para la cultura y que por eso las cosas están así (de mal) Pero al margen de lo discutible del argumento, ¿cómo es posible que se haya llegado a un escenario tal, casi de siniestro total en lo que atañe a la actividad cultural de muchas de nuestras ciudades?

Pese a la crisis económica experimentada en los últimos tiempos, es necesario precisar que el gran problema de la cultura en España no es la financiación, sino la perniciosa falta de políticas culturales. Es debido a esta carencia -y no a una supuesta falta de dinero- la razón por la que la cultura está sufriendo, entre otras cosas, recortes inesperados y arbitrarios que han derivado en presupuestos escasos, ridículos o inexistentes. Y es que parece que para el general de nuestros gobernantes la cultura en España sea perro flaco, por muy bonito que este pueda parecer.

Por su parte, la cultura y sus organizaciones profesionales han reaccionado (las pocas que lo han hecho) tarde a la crisis, a la vez que ya desde los años de “la abundancia” han venido manteniendo una estrategia fatalmente equivocada. Los profesionales de la cultura han dado por hecho que el gobierno político de turno era su interlocutor natural y único, por lo que les han venido dirigiendo a ellos -en exclusiva- sus comentarios y peticiones; confiando, esperando y exigiendo que atendieran sus demandas y necesidades. Mientras, los ciudadanos se han quedado al margen de estas interlocuciones, por lo que lógicamente han dejado de sentir la cultura como suya. Lamentablemente, el daño ya está hecho. Ahora, ¿a quién le importa la cultura “con la que está cayendo”?

“La cultura no es un lujo”, claman “los de la cultura” que, inagotables ante el desaliento, gritan y patean mientras se lamentan de que a nadie más parece importarle sus nobles y justas reivindicaciones. Pero la realidad es que la cultura se ha centrado en hablar con el gobierno y no con los ciudadanos, por eso no debería extrañar (aunque muchos de la cultura quieran seguir sin verlo) que mientras que las mareas blancas y verdes han llenado las calles de nuestras ciudades, el apoyo ciudadano a las preocupaciones de “los de la cultura” ha tenido una tibia y ambivalente acogida. Así pues, la paradoja está servida: pese a que la cultura sea un bien de interés general, esta no parece estar siendo del interés del común de los ciudadanos. ¿Cómo darle la vuelta a esta situación?

Muchos creen que la desafección de los ciudadanos frente a la cultura sucede porque en general, son (somos) incultos y, ¿por qué no? puede que lo seamos, puede que los vericuetos por donde nos ha de llevar la cultura se nos hagan difíciles e inexcrutables. Sin embargo, esta forma de pensar constituye la prueba de que se está confundiendo el síntoma con la enfermedad. A los ciudadanos no les interesa la cultura, pero no porque sean incultos, sino que son incultos porque no les interesa la cultura. Así pues, la verdadera cuestión a resolver es la desafección de los ciudadanos respecto a la cultura.

El territorio de lo cultural se ha restringido, no ya tanto a una élite económica o técnica como en épocas pretéritas, sino a una minoría decisiva en términos políticos, en lo que afecta a los procesos de elaboración de políticas. Esto se ha propiciado, no sólo desde el propio poder político, sino desde los mismos profesionales de la cultura que, paradójicamente, no se han centrado todo lo hubiera hecho falta en la necesidad de crear -ellos mismos- políticas culturales. Sin embargo, las políticas culturales son imprescindibles para fortalecer el liderazgo de la cultura y de sus profesionales en la sociedad y evitar la arbitrariedad de los personalismos, además de la deriva de los muchos agentes involucrados. Sólo mediante el impulso de políticas culturales que fomenten la confianza de los ciudadanos en las organizaciones culturales, estos podrán recuperar su sentimiento de afiliación con la cultura, de la cual se han distanciado a su pesar.

La desafección de los ciudadanos frente a la cultura ha sucedido porque en el ámbito profesional de la cultura no se suele tener clara la distinción entre la gestión de las organizaciones y su gobierno, que ha de estar centrado en la misión de la organización y su sostenibilidad. Sin embargo, una minoría gestora de la cultura se ha ocupado de decidir en solitario lo que necesariamente, por su naturaleza social, ha de articularse de forma colectiva. Se ha dedicado a gobernar desde la mera gestión y, por si fuera poco, sin rendir cuentas.

Es necesario señalar que la mencionada articulación colectiva de la cultura no ha de implicar que los procesos de toma de decisiones hayan de ser necesariamente asamblearios. Las decisiones deben tomarlas quienes tienen conocimientos y responsabilidades para ello, pero han de hacerlo en base a la misión de cada organización y dando explicaciones. Lo contrario sería actuar de espaldas a los ciudadanos y restringiendo sus posibilidades de participación. Y es que además de la toma de decisiones estratégicas en base a la misión, una de las principales obligaciones de los órganos de gobierno de las organizaciones culturales ha de ser rendir cuentas a sus grupos de interés que, en lo que atañe a la cultura y por su condición de bien de interés general, afecta a todos los ciudadanos al margen de la naturaleza pública o privada de las organizaciones en cuestión.

Los ciudadanos necesitan instrumentos adecuados para forjar su criterio, confiar en las organizaciones y participar en la vida cultural de las ciudades. Por eso es necesario impulsar políticas culturales que fomenten el buen gobierno, la rendición de cuentas y la transparencia; pues toda confianza ha de partir del conocimiento previo que necesitan los grupos de interés. De lo contrario, no estaremos hablando de confianza, sino de mera y ciega fe mientras se lanza la pelota de la responsabilidad de la cultura a tejados ajenos como el del mecenazgo, que jamás llegará -no por la legislación- sino si antes no se confía en sus organizaciones.

Solo cuando los ciudadanos sientan la importancia capital de la cultura en la sociedad, alcanzada a través de la confianza y el acercamiento a la participación, estarán en disposición de apoyarla y de reclamar a los gobernantes y a los gestores de las organizaciones que también lo hagan.

Publicado originalmente en Debat d’Interacció 2014 sobre els reptes de les polítiques culturals locals.


La escondida falacia de la cultura 2.0

La cultura –especialmente en tiempos de crisis– tiene un papel en la sociedad, tan difícil como necesario. Los retos son muchos e importantes y vienen dados, precisamente, por el hecho de que su necesaria función social no está siendo comprendida en la medida que debiera.

El mantra de la actual escasez (sic) de recursos económicos con los que cubrir las necesidades fisiológicas señaladas en la base de la pirámide de Maslow, se ha repetido hasta el punto de haber convencido a muchos ciudadanos de que la cultura es un lujo. No obstante, es crítico subrayar, que lo que sirve para mantener con vida a las personas no sustituye a lo que las hace humanas.

Esto bien lo saben quienes trabajan en la acción humanitaria en emergencias y catástrofes. Los paliativos urgentes en alimentación y atención sanitaria deben ser continuados con acciones estructurales que proporcionen estabilidad y autonomía a las comunidades en las que se actúa. Pero el darwinismo económico que promueve los mercados está llevando al mundo occidental a un canibalismo social de guante blanco, progresivamente más nocivo e insolente.

Así pues, esta contemporánea “evolución de las especies” parece reducirse cada vez más a estar vivos solamente (aunque con beneficios económicos a corto plazo), en lugar de a ser mejores humanos, tal como señala Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil: “Si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, solo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad”.

En los últimos tiempos aumenta el número de autores que subrayan los peligros de la pérdida de protagonismo de la cultura en la sociedad, así como los riesgos de una educación utilitaria diseñada al dictado de los intereses de los mercados. Martha Nussbaum (Sin ánimo de lucro. ¿Por qué la democracia necesita de las humanidades?) se suma a la tesis de Ordine proporcionando sobrados argumentos que avalan la necesidad de promover y favorecer la cultura, especialmente en épocas de crisis. Es más, se puede incluso concluir que la actual crisis ha venido dada por la mencionada falta de conciencia sobre la necesidad estructural de la cultura en la sociedad.

Contribuir a fortalecer las bases de la cultura es una labor especializada que exige un compromiso profundo, puesto que una de las mayores dificultades que ha de afrontar la cultura emana del hecho de que sus resultados no se miden a corto plazo. Por eso, ante el sistema cortoplacista propugnado por la economía de mercado que actualmente impera en la medición de resultados, el éxito de la cultura resulta invisible a ojos de los ciudadanos. Así pues, el actual reto para la cultura es cómo evidenciar su necesario papel en la sociedad.

¿Cultura de medición?

En la cultura, al igual que en la Teoría de la Relatividad, la línea recta no es necesariamente el camino más corto. Hacer visible el papel de la cultura en la sociedad es un desafío que algunos intentan resolver siguiendo torpes estrategias cuantitativas. Sin embargo, aumentar el número de impactos de lo cultural no asegura que la cultura y sus contenidos sean comprendidos y valorados.

Otra cuestión es que, efectivamente, la ingente cantidad y alcance de impactos informativos pertenecientes a cualquier otro ámbito de la sociedad esté eclipsando de manera sustancial la acción de la cultura. Quienes lo duden, no tienen más que pensar en el alcance mediático de un acto político o deportivo frente a uno cultural.

¿Por qué sucede esto si la cultura es –como se defiende– un ámbito imprescindible de la sociedad? Porque la cultura se apoya en la argumentación, lo cual requiere una cantidad de tiempo importante y en la mayor parte de los casos, indeterminada; además de atención de calidad. Ambos requisitos –tiempo y atención– son dos de los bienes más escasos en la sociedad occidental contemporánea. Por eso, trabajar en los aspectos cualitativos de la cultura es, además de su vía natural y por tanto más acertada, una tarea comprometida en tiempo y dedicación, para la que hay que estar capacitado y a la que no está dispuesto cualquiera.

Dadas estas circunstancias, la tentación de allanar el terreno sirviéndose del impacto rápido y masivo que actualmente proporcionan las redes sociales es mucha.

Lamentablemente, la difusión de los eventos culturales está sustituyendo en su vorágine a la difusión de la cultura, que es una cosa bien distinta. A pesar de todo, las redes sociales y los entornos 2.0 en general sí pueden ser importantes aliados para esta. Lo importante es servirse de ellos en función de lo que la cultura necesita y no al revés, como viene siendo habitual.

Los recientes intentos de definir un nuevo tipo de cultura en base a los nuevos entornos 2.0 incurren en una importante falacia: que la cultura es 2.0 si esta sucede en Internet; cuando en realidad, la naturaleza de la cultura es eminentemente 2.0 ya que esta es social, colectiva y colaborativa; con independencia de Internet y las redes sociales. Por eso, tan engañoso es tratar de encontrar una red social que sea más propicia que otras para la cultura, como esperar que una cámara de fotos “haga” buenas fotos.

Tanto las fotos como las redes las hacen los usuarios. Por tanto, una buena red cultural es la que cuenta con una comunidad diversa, activa y educada que –si ocurre en Internet– tendrá más posibilidades para aprovechar sus recursos y ser mejor. Y, ¿cómo se crea una buena red cultural en Internet? Con conocimiento, tiempo y dedicación.

Portales de conocimiento para la cultura en red.

Frente al mero acceso a la información –hoy en día al alcance de cualquiera con solo un click– el artículo Expertos para la gestión del conocimiento en Internet subrayaba la oportunidad de los profesionales y organizaciones que trabajan con contenidos de interés general (como lo es la cultura) para crear conocimiento diferencial, solo posible mediante la selección, el contraste y la capacidad para establecer relaciones.

Así pues, las organizaciones que seleccionan, custodian, ordenan, investigan y difunden contenidos de interés general han de tomar conciencia de su papel como servicio público ante los retos de la sociedad del conocimiento. Han de asumir el protagonismo y la iniciativa que les corresponde como articuladores de los sistemas de conocimiento porque lo que finalmente interesa no es ya la información en sí misma, sino el conocimiento que se puede extraer de ella.

Ahora el reto y la responsabilidad en la gestión del conocimiento para expertos y organizaciones es saber incorporar a sus discursos especializados relaciones relevantes y complementarias de contexto –como lo son los contenidos generados por los usuarios de Internet–, además de crear estructuras de conocimiento estables y sostenibles que articulen los diversos metarrelatos o microhistorias que complementan los megadiscursos tradicionales.

Así pues, no es de extrañar que precisamente sea una universidad pública, la Universitat de Barcelona a través de su Programa de Gestiò Cultural, la impulsora del Portal Iberoamericano de Gestión Cultural.

Este portal se inició en el año 2000 y es probablemente el mejor entorno online en español para los profesionales que gestionan la cultura. Su objetivo principal es “contribuir a la construcción y desarrollo del espacio cultural iberoamericano, al incluir y potenciar iniciativas procedentes tanto de la Península Ibérica como de América Latina u otros países”.

¿Cómo cumple con tan ambicioso objetivo? El Portal Iberoamericano de Gestión Cultural aprovecha las ventajas de las herramientas 2.0 para recopilar y facilitar de manera gratuita recursos digitales relacionados con la gestión y las políticas culturales. Pero lo importante no es esto, sino la manera en la que lo hace: Liderando iniciativas en red especializadas y que crean puentes entre sí e identificando y relacionando las ya existentes. Ello ha requerido un trabajo previo de identificación, selección, descripción y registro de información; siendo todas ellas tareas que si como en este caso están hechas por especialistas, proporcionan relevancia, interés y eficacia a los portales en Internet.

El Portal Iberoamericano de Gestión Cultural es el vivo ejemplo de que la cultura tiene su ámbito natural en las redes de conocimiento, que encuentran en Internet un poderoso aliado. Sin embargo, lo que importa es la tarea estratégica, especializada y sostenida de los profesionales que hay detrás de los contenidos; por lo que resulta irrelevante si, por ejemplo, se utilizan redes sociales tipo Facebook o no.

Muestra de ello son la Agenda de eventos, la sección de Noticias y la de Convocatorias de ayudas, subvenciones, becas, call for papers y otros; todas ellas bastante tradicionales como concepto pero cuya excelente usabilidad conlleva un importante trabajo previo de catalogación de contenidos y diseño de funcionalidades web.

En la sección Aula abierta de este portal –de excelente calidad y abundancia de contenidos– destacan particularmente dos iniciativas en red. La primera de ellas es CulturalBox, una videoteca online en cuatro idiomas (catalán, español, inglés y francés) especializada en “la reflexión sobre gestión y políticas culturales“. Su herramienta de búsqueda avanzada permite buscar entre sus más de mil referencias registradas por sector cultura, área de gestión o por idioma.

También es especialmente interesante la sección dedicada a la participación de los usuarios. En lugar de por una red social estándar como suele ser la práctica habitual, se ha optado por diseñar un formulario con campos relevantes y muy prácticos para el filtrado y la posterior clasificación y difusión de la información que se comparte. Esta es una inteligente forma de aprovechar al máximo el conocimiento que los usuarios puedan compartir y una de las grandes carencias de la participación en redes sociales genéricas: el ulterior tratamiento de la información que en ellas se comparte.

Blogosfera Cultural es la otra iniciativa a destacar inscrita en Aula abierta. Este proyecto “recopila y presenta los blogs creados por la dinámica comunidad de profesionales de la gestión y las políticas culturales de Iberoamérica”. Mediante un sistema automático de alimentación de información proporcionado por los rss de cada blog, la Blogosfera Cultural muestra una selección de artículos relevantes a los interesados en la gestión y las políticas culturales que, además, en un buscador avanzado pueden ser filtrados por palabra clave, ubicación, áreas de gestión, orientación y sector cultural.

Completa el portal una sección dedicada a profesionales, que identifica y cataloga a organizaciones, profesionales y recursos de la cultura en toda Iberoamérica y que, como el resto de secciones del portal, muestra un pertinente uso de la tecnología digital para crear herramientas y funcionalidades extremadamente usables y relevantes.

Finalmente, el portal también se interrelaciona con otros proyectos especializados: Coopera Cultura, una plataforma que reúne “información, documentación, asesoramiento, normativas y experiencias de cooperación cultural a escala iberoamericana para mejorar cuantitativa y cualitativamente la calidad e impacto de los proyectos de cooperación, desarrollar experiencias y crear sinergias”; Arqueotur, que recopila “la oferta cultural, educativa y turística asociada al patrimonio arqueológico que se encuentra disponible para la visita pública”; y Rutas Culturales Iberoamericanas, que ofrece “una recopilación de itinerarios, destinos y rutas culturales iberoamericanas realizado por Ibertur, la Red Profesional de Patrimonio, Turismo y Desarrollo Sostenible”.

Google pierde interés como herramienta cuando, como en el caso del Portal Iberoamericano de Gestión Cultural, la dimensión online de un proyecto cultural se plantea de forma colaborativa, con una selección de contenidos exhaustiva, relevante y descrita, además de una usabilidad orientada a los usuarios específicos.

Cuando hay espacios online con contenidos tan interesantes y bien estructurados, los usuarios no necesitan perderse en el maremagno de la lucha por la visibilidad en Internet. Gracias a las organizaciones de expertos que hacen su trabajo de gestión del conocimiento, la cultura se fortalece para seguir siendo un bien social cuyo ecosistema es la red.

Publicado originalmente en Compromiso Empresarial, marzo-abril, 2014


La Cultura no es un lujo

La cultura no es un lujo
Antes de que el alfombreo rojo lo inunde todo, habrá que recordarlo:
La Cultura no es un capricho.
La Cultura no es un antojo.
La Cultura no es un lujo.
La Cultura es LIBERTAD.

1er Foro de Cultura y buenas prácticas en España. “Autocrítica y reinvención para una cultura en crisis”

Foro de Cultura y buenas prácticas en España

Foro de Cultura y buenas prácticas en España

¿Por qué es necesario un Foro sobre Cultura y Buenas Prácticas en España?

Muchos han sido los profesionales de la cultura que se han pronunciado en contra del reciente aumento de impuestos y de los extremos recortes en el sector. Sin embargo, han sido más escasas las voces que ante esta situación también han ejercido ciertas dosis de autocrítica. La cultura en España raramente se ha gestionado en base a estándares de buen gobierno, financiación responsable, medición y evaluación de resultados o de rendición de cuentas y transparencia. Por eso, este primer Foro de Cultura y Buenas Prácticas reúne a algunas de estas voces críticas y expertas para debatir de qué manera, responsable y sostenible, se debería gestionar la cultura en nuestro país.

En el contexto de la actual crisis económica, la escasez de fondos para la cultura es una preocupante realidad que se argumenta por muchos como “un mal menor” frente a lo que se consideran situaciones más dramáticas y acuciantes como el desempleo, la deuda externa o los problemas de vivienda. Pero a la vez que la cultura española sufre una radical congelación de apoyos económicos, su percepción social también se está deteriorando rápida y peligrosamente, habiendo llegado incluso a ser considerada una “actividad de lujo” que dados los difíciles tiempos podría ser potencialmente prescindible. En este contexto de devaluación estratégica de la cultura, ¿cómo poner en valor su papel esencial en la sociedad a la vez que se le asegura un futuro sostenible, deacuerdo a sus necesidades específicas y ajeno a los vaivenes políticos y económicos?

La socióloga estadounidense Martha Nussbaum argumenta en su libro Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, que la cultura es tratada con recelo por parte de los partidarios de una educación dirigida exclusivamente al crecimiento económico, porque promueve “…la comprensión crítica y reflexiva, que no puede pasar por alto las desigualdades y las diferencias, fenómenos que chocan frontalmente con la tendencia homogeneizadora del mercado.” Por ello, es responsabilidad de quienes gestionamos la cultura situarla en el lugar que merece en la sociedad, ejerciendo la mejor gestión posible.

España es un país de riquísima tradición cultural, con una producción de incuestionable nivel, pero que ensimismada en la calidad de su producto quizás haya descuidado una adecuada gestión del mismo. Tal vez la crisis sea una buena oportunidad para afrontar un necesario cambio en su modelo de gestión. De lo contrario, ¿con qué argumento habría que convencer a gobernantes, mecenas y ciudadanos para que apoyen a un sector profesional que, a grandes rasgos, no está comunicando de manera eficiente ni está aportando unos mínimos indicadores sobre su actividad?

El buen gobierno, la financiación sostenible, la medición de resultados, la transparencia y la rendición de cuentas; son a día de hoy las grandes asignaturas pendientes de la cultura en España. Algunas de las voces expertas que se han pronunciado en favor de asumir estos parámetros de gestión se reúnen en este encuentro, que nace con la convicción de que no solo es posible superar la dramática situación actual, sino además salir fortalecidos de ella.

Objetivos

  • Fortalecer la cultura española y su sector profesional mediante la creación de un entorno de referencia, información y debate sobre estándares y metodologías relacionadas con el buen gobierno, la financiación sostenible, la medición de resultados y la transparencia y rendición de cuentas.
  • Crear clima de opinión en favor de una mejora de la gestión de la cultura y las artes en España.
  • Identificar y promover buenas prácticas profesionales en España, así como reconocer a sus actores e iniciativas.
  • Fomentar el networking profesional y el encuentro sinérgico para la creación de redes profesionales de trabajo responsable; compartiendo contextos, preocupaciones, recursos y soluciones profesionales entre los diversos entornos de la cultura.
  • Generar un documento básico de recomendaciones y protocolos para el sector de la cultura en España.

Dirigido a:

Profesionales de la cultura en todas sus ramas, además de gestores, estudiantes, amantes de la cultura en general y, muy especialmente, a directivos y patronos de asociaciones y fundaciones profesionales.

Más información en: www.culturaybuenaspracticas.org


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