Fulbright goes 2.0

La Comisión Fulbright de España (Comisión de Intercambio Cultural, Educativo y Científico entre España y los Estados Unidos de América) le está dando un nuevo impulso a su comunicación online. A través de sus canales en redes sociales, está poniendo en valor uno de sus principales activos: las personas que conformamos su red de becarios. Así que ahí estamos, apoyando la causa.


Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades

Not for profit. Why Democracy Needs the Humanities.Para que luego digan que en Estados Unidos no hay pensamiento crítico… No me resisto a copiar íntegramente la reseña que la Càtedra Ethos Universidad Ramon Llull ha hecho del libro Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, escrito por la estadounidense Martha C. Nussbaum. Una lectura (la del libro y la de su reseña) más que recomendable en estos tiempos de crisis en los que nos echamos las manos a la cabeza ante las consecuencias de la crisis “económica”. Mientras, otros debaten en el congreso por qué los jóvenes británicos (y los que no son británicos pronto lo harán) asaltan las tiendas en busca de televisiones de pantalla plana y ropa de marca.

En la página de Editorial Katz, encargada de la edición en castellano, se pueden leer más reseñas sobre el libro que, cuando menos, hacen reflexionar. A continuación, la mencionada reseña del libro (el subrayado es mío)

“Se están produciendo cambios drásticos en aquello que las sociedades democráticas enseñan a sus jóvenes, pero se trata de cambios que aún no se sometieron a un análisis profundo. Sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva a la democracia. Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con la capacidad de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y sufrimientos ajenos. El futuro de la democracia a escala mundial pende de un hilo”.

Estas apocalípticas palabras, pertenecen al último libro de Marta C. Nussbaum publicado por Katz editores: Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Originalmente publicado por la Universidad de Princeton, el libro trata como su título indica acerca de la peligrosa tendencia por parte de los gobiernos nacionales a descuidar dentro del panorama de estudios esas materias que por su contenido y metodología no son fácilmente aplicables a los intereses del mercado.

En este sentido Nussbaum afirma que hay dos clases de educación: la educación para el crecimiento económico y la educación para el desarrollo humano, pero en el fondo de esta división habita una idea que viene gestándose desde hace mucho tiempo: la substitución de la racionalidad integral por la racionalidad instrumental. Heidegger y su crítica de la técnica, Adorno y Horkheimer y su crítica a la Ilustración, Gadamer y su recuperación de las ciencias del espíritu, Benjamin, Apel, todos estos autores dedicaron toda su vida al mismo problema: la substitución de los fines por los medios, y la consiguiente pérdida de humanidad que ello conlleva.

En palabras de Nussbaum, las humanidades responderían a una clase de racionalidad que no se mide por su rentabilidad en términos económicos, sino por su “capacidad de desarrollar un pensamiento crítico; la capacidad de trascender las lealtades nacionales y de afrontar los problemas internacionales como “ciudadanos del mundo”; y por último, la capacidad de imaginar con compasión las dificultades del prójimo”. Las humanidades en este sentido apelan, como la misma palabra indica, a la humanitas, un concepto que puede reseguirse, cómo mínimo, hasta los tiempos en los que Sócrates obligaba a todo aquel que se le presentaba a no dar los argumentos por validos por el mero interés o por la mera opinión que suscitaban. De lo contrario, se trata de hacer ver cómo detrás del saber existe una dimensión que conecta con aquellos sentimientos más profundos que nos caracterizan como especie.

La tesis de Nussbaum es que los partidarios de la educación como crecimiento económico tienen miedo de las humanidades pues éstas promueven el cultivo y desarrollo de un tipo de comprensión, la comprensión crítica y reflexiva, que no puede pasar por alto las desigualdades y las diferencias, fenómenos que chocan frontalmente con la tendencia homogeneizadora del mercado. La vida, la salud, la integridad, la libertad política, la participación, la dignidad inalienable, son todos ellos aspectos de la educación humanista, una educación que apuesta por forjar ciudadanos informados, capaces de pensar más allá del consumismo y del status quo.

Pero no son únicamente los mercados los enemigos de las humanidades, también el nacionalismo lo es. Según Nussbaum el nacionalismo empaña toda forma de solidaridad, apostando por una clara división entre amigos y enemigos, entre aquellos que son como nosotros y aquellos que no. Algo que recuerda en parte a uno de sus artículos más famosos: „los límites del patriotismo‰, donde claramente se expresa una fuerte defensa de los valores cosmopolitas.

A partir de algunos ejemplos, principalmente el programa pedagógico de Rabindranath Tagore y la mayéutica socrática, este libro nos ofrece algunas de las claves que deberían integrar toda educación humanista: una teoría consistente de los sentimientos morales. Hay que aprender a dominar el narcisismo que habita dentro de nosotros o la repulsión hacia aquellos que sentimos diferentes. También cabe formar a los alumnos en las prácticas de la argumentación, “ya que esta actitud crítica revela la estructura de la posición que adopta cada uno, al tiempo que exhibe los preconceptos compartidos y los puntos de intersección que pueden ayudar a los ciudadanos a avanzar a una conclusión en común”. Una tercera característica es precisamente ese saber cosmopolita que catapultó a la autora al epicentro del foro filosófico mundial. Pensar en clave cosmopolita nos permite aprender más de nosotros mismos, avanzar resolviendo problemas que requieren cooperación internacional, reconocer obligaciones morales con el resto del mundo que de otra manera pasarían desapercibidas y finalmente nos obliga a elaborar argumentos sólidos y coherentes basados en las distinciones que estamos dispuestos a defender. En definitiva, la promoción de una educación cívica enfocada hacia el mundo entero, primer paso para una verdadera globalización de la democracia.

Por medio de ejemplos recogidos de sus propias experiencias en la India y Estados Unidos este libro apuesta por el cultivo de la imaginación como herramienta necesaria para que niños y mayores comprendan que el mundo no es algo que nos venga dado, sino que todos y cada uno de nosotros puede contribuir al bien común gracias a su íntima originalidad. Tener imaginación implica no aceptar lo que nos viene dado tal y como se nos aparece, antes que eso imaginar “se vincula estrechamente con la capacidad socrática de criticar las tradiciones inertes o inadecuadas y le brinda a esa capacidad un soporte fundamental”.

Perder las humanidades significa, a ojos de Nussbaum, devaluar la democracia, exponer a las nuevas generaciones a los riesgos de caer en un pensamiento único perfectamente capaz de hacer resucitar las peores pesadillas totalitarias. Si bien la lucha no está del todo perdida todo apunta a que efectivamente la capacidad crítica de nuestros alumnos es cada vez menor. Este libro es un alegato en contra de ello, un grito en la oscuridad hacia una Europa que ha perdido sus valores fundacionales y un golpe sobre la mesa para que se recuperen algunos de los valores pedagógicos que han permitido conseguir las cuotas de libertad y de igualdad de las que ahora gozamos. Olvidar las humanidades significa olvidarnos y nadie sabe que terribles consecuencias puede conllevar este hecho en el futuro.


Sociedad civil y relaciones transatlánticas

Yesterday I attended the Seminar “Sociedad civil y relaciones transatlánticas,” organized by VIA Círculo Jefferson. It was a wonderful opportunity to meet such a fantastic group of people and chatting with them about our common experiences in US. I was especially impressed by the representatives of the US Embassy: Ms. Elaine Samson, Political Counselor and Laura M. Gould, Cultural Affairs Officer. Listening them I reminded how much I was missing the ethusiasm, accuracy and determination of some American professionals I met when I was enjoying my Fulbright fellowship. My years in US definitively shaped my vision about so many things of US and Spain that I can not stop recommending everyone having that experience.


Ser becaria Fulbright “to make things happen”

Pilar Gonzalo FulbrightCuando pienso en el momento en el que me notificaron la concesión de una “Beca Fulbright para la Ampliación de Estudios Artísticos y de Gestión Cultural en los Estados Unidos de América”, siempre –sin excepción– me emociono. Además de una ayuda económica diferencial, la Beca Fulbright suponía un reconocimiento a muchos años de esfuerzo e ilusión –míos y de mi familia– además de una oportunidad para una persona como yo, con enormes ganas de aprender y de conocer otras culturas. Así pues, la Comision Fulbright me estaba ofreciendo en aquel preciso instante la oportunidad de poder hacer realidad mis deseos.

Era 2005 y yo estaba terminando, palpando el final de mi Tesis Doctoral, cuando desde la Comisión Fulbright me ofrecieron la oportunidad de adelantar mi viaje para asistir a un curso pre-académico en UPenn, Philadelphia. La elección fue muy difícil, pues asistir al curso suponía no terminar la escritura de la tesis. Cinco años después continúo feliz de haber seguido los buenos consejos de mi mentor, Guy Vanover, y haber participado en aquel extraordinario encuentro de casi un mes que, dicho sea de paso, buena falta me hacía.

Fui a Estados Unidos sin tener mucha idea de aquel país y aunque la hubiera tenido me hubiera servido de bien poco, pues si hay algo que caracteriza a los Estados Unidos de América es su diversidad y su querencia al cambio. Además, llegué en un momento muy particular: caídas las torres gemelas, en plena “Era Bush”, a punto de suceder el desastre del huracán Katrina y en medio de la psicosis internacional frente al terrorismo fundamentalista islámico. Y fue precisamente allí donde –contra todo pronóstico– conocí nada más llegar a más de cuarenta iraquíes a la vez, también becarios Fulbright. Estaba claro que cualquier cosa podía ser posible con una beca de estas características y en un país como aquel, demasiado sorprendente a la postre como para tener expectativas cerradas sobre él. He de decir que mi inicial falta de conocimiento sobre cualquier aspecto social de los Estados Unidos de América se tradujo en una ventajosa falta de prejuicios. Esto me permitió disfrutar del atractivo de “lo extraño” y “lo maravilloso” de aquel país, casi en su exacta esencia psicoanalítica.

Gente de todo tipo. Durante mis años en Estados Unidos conocí desde a un indio cherokee, hasta una estudiante que donaba el 10% de su sueldo a Israel, pasando por una “celebrity” de Hollywood, además de a personas de partes del planeta que jamás se me ocurrió que alguna vez pudiera llegar a conocer. Estados Unidos es tan grande en todos sus sentidos que en mi opinión resulta imposible llegar a conocerlo. No obstante, si tuviera que recomendar una forma auténtica e intensa de acercarse a él diría –sin duda– “pídete una Fulbright”.

Una característica diferencial del Programa Fulbright es que no se trata sólo de una mera aportación económica, sino que supone un proyecto de intercambio cultural y educativo que funciona como una red internacional de relaciones, durante y después de la beca. Por eso podría decirse que más que una marca como puede que algunos lo vean, “ser Fulbright” TE MARCA.

Quienes hemos sido (somos) becarios Fulbright, compartimos entre nosotros una mirada complice de quien sabe “que tú también sabes” lo que ha sido esa experiencia. Porque más que una beca, Fulbright es una actitud vital que germina y continúa en nosotros durante el resto de nuestras vidas. Por eso precisamente nos gusta reunirnos: para preservar juntos ese legado, potenciándolo, difundiéndolo y recordándolo. Y eso quiero hacer: “recordar”, un verbo que proviene del latín re-cordis y que significa: “volver a pasar por el corazón”. Un verbo que justifica nuestra común melancolía repartida ya para siempre entre dos países.

Viviendo en Estados Unidos redescubrí a España: me hizo quererla aún más y sentirme orgullosa de sus virtudes, además de optimista en lo que podía ser mejorado. Por eso, aunque triste por terminar aquella fantástica experiencia, volví a mi país con ilusión y determinación “to make things happen”. No fue fácil, no está siendo fácil, pero esa es otra razón por la que los Fulbright nos re-unimos: para ayudarnos y para animarnos a seguir luchando.

Finalmente, no hay que olvidar que una Beca Fulbright no hace a nadie mejor persona, pero sí que nos da la oportunidad de hacer que las cosas sucedan. De modo que después de haber disfrutado de la experiencia Fulbright estamos obligados a mantenernos a la altura de la responsabilidad que adquirimos cuando aceptamos dicha oportunidad. Por eso quiero “re-cordar” que desde entonces, nuestro compromiso ha de ser colaborar en hacer del mundo un lugar mejor para todos.


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