¿Sin dinero para cultura? Dos medidas gratuitas para hacerla sostenible

La financiación de la cultura en España está en mínimos. A las administraciones públicas recortando sus presupuestos se han unido las organizaciones privadas que prefieren invertir, si acaso, en otras áreas distintas de la cultura, con mayor impacto social y típicamente incluidas en la responsabilidad social corporativa, como son la salud o el medio ambiente.

No ha de extrañar pues que infinidad de organizaciones y proyectos culturales, especialmente los más débiles y minoritarios, hayan entonado en los últimos años agónicas llamadas de socorro o, incluso, desaparecido.

Paralelamente a esta radical caída en la financiación de la cultura, ha surgido un fenómeno inversamente proporcional: la abundancia de diagnósticos de la situación (con calidad y fiabilidad desigual) unida a la creciente organización de congresos y conferencias dedicados a la situación financiera del sector.

Pero mientras que estos eventos suelen poner de manifiesto la urgencia por encontrar soluciones, quienes asisten a ellos raramente salen con la sensación de haber presenciado un intercambio argumentado de ideas, con conclusiones o recomendaciones que se puedan aplicar de forma concreta. Y es que la constatación de lo obvio y la acumulación de diagnósticos sin soluciones aparejadas, parecen ser el común y único hilo conductor.

Por si fuera poco, la inminencia electoral promete una efervescencia todavía mayor de artificios teóricos que a la hora de enfrentar el día a día resultan bastante estériles.

Parte del problema es que España es un país poco acostumbrado a intercambiar ideas. Cabe reconocer que culturalmente está muy lejos del “freedom of speech” anglosajón. Mientras que los adolescentes británicos se entrenan en la argumentación y ejercitan su capacidad de análisis del arte en el espléndido concurso escolar ARTiculation Prize, asegurando con ello futuros públicos y profesionales de enorme calidad crítica para las organizaciones culturales de su país; en España todavía se está tratando de encontrar la piedra filosofal para la integración del arte en la educación formal.

Pero pese a la falta de “cultura de debate”, el principal problema que afecta a las soluciones sobre la financiación de la cultura en España es que su tratamiento sigue planteándose en términos casi exclusivamente economicistas. Esto conduce a la recurrente conclusión de que, para que haya cultura, hace falta dinero, el cual aflorará (supuestamente) cuando exista una Ley de Mecenazgo.

No obstante, es necesario señalar que en España, no solo existen medidas fiscales que incentivan la cultura, sino que además existen algunas leyes de mecenazgo de ámbito autonómico, como la Ley Foral 8/2014, de 16 de mayo, reguladora del mecenazgo cultural y de sus incentivos fiscales en la Comunidad Foral de Navarra, la Ley 9/2014, de 29 de diciembre, de la Generalitat, de impulso de la actividad y del mecenazgo cultural en la Comunitat Valenciana o el Anteproyecto de Ley por el que se adoptan medidas tributarias y administrativas destinadas a estimular la actividad cultural en Andalucía; algunas de ellas con propuestas interesantes que se podrían extender al resto del Estado y que merecerían un análisis específico en un artículo aparte.

Pero al margen de incentivos fiscales, la cuestión relevante a priori es qué modelo es necesario promover para que la cultura pueda disponer, de manera sostenible, de la necesaria financiación.

Una cultura sostenible no significa una cultura “autofinanciada” por el mercado

En estos extraordinarios tiempos en los que la sostenibilidad económica de la cultura se está planteando en términos de autofinanciación, parece inevitable recordar que la cultura pública ha de ser, necesariamente, deficitaria. En otras palabras: está diseñada para perder dinero, un dinero que el Estado recibe de los ciudadanos y reinvierte en su beneficio.

Si, por ejemplo, el Teatro Real cobrara por butaca lo que en realidad le cuesta la producción de una ópera, se estaría hablando de entradas que aproximadamente multiplicarían por 20 su actual venta al público. Parece pues claro que una política de precios reales sería inasumible, además de opuesta al deber constitucional que el Estado tiene de garantizar el acceso a la cultura a los ciudadanos.

Otra cuestión es que el déficit estructural propio de las actuaciones públicas degenere en la irracionalidad e insostenibilidad del propio sistema, situación a la que al parecer se ha llegado por una combinación de excesos y desinterés. Por eso, es tiempo de pensar un modelo de financiación de la cultura, sostenible, y distinto del que entiende que se ha de autofinanciar por la vía única del mercado.

Las exigencias de los votantes responsables han de ser los compromisos de los programas políticos

La cultura no es un negocio, sino un horizonte hacia el que caminar que ha de estar presente siempre en la gestión de los bienes, sin duda finitos, con los que cuenta lo público. Entonces, ¿qué se puede hacer si, efectivamente, el dinero para la cultura es escaso y finito? En este tiempo de campañas electorales, profuso en palabras y promesas, es necesario incorporar el debate de las políticas culturales a la arena electoral. Es responsabilidad de los ciudadanos que así sea.

Mientas que muchos defienden que la precaria situación actual de la cultura se debe a los recortes gubernamentales sobre los presupuestos de cultura, otros creen que se trata de un problema que, incluyendo eso, tiene más largo recorrido y se alimenta de la falta de reconocimiento y valoración que la cultura tiene en la sociedad. Lo que no se valora, no se apoya, y consecuentemente no se protege.

Así pues, parece claro que es necesario impulsar medidas que pongan en valor la aportación de la cultura a la sociedad y la confianza en sus instituciones, para que precisamente sea la sociedad, sus ciudadanos, quienes la apoyen y velen por su protección. No hay mayor fuerza política que esa.

Lejos de requerir grandes reformas para su implantación, las dos propuestas que a continuación se proponen sólo necesitan ser incluidas como condición dentro de las convocatorias ya existentes de ayudas y subvenciones para la cultura. Pese a que por sí mismas puedan resultar insuficientes, sí son absolutamente imprescindibles para devolver la confianza de los ciudadanos en la cultura y sus instituciones.

1. Apoye el verdadero éxito en cultura: el cumplimiento de la misión

La crisis económica parece haber difuminado el foco sobre cuál es el verdadero éxito de las organizaciones culturales, que lejos de la rentabilidad económica, no es otro que el cumplimiento de su misión. La misión es la razón por la que las instituciones existen, por la cual trabajan y por la que reciben el apoyo de los ciudadanos a través de sus impuestos y de otras organizaciones.

Resulta pues lógico que estos grupos de interés quieran conocer los resultados de la actividad que realizan las organizaciones culturales. Pero ¿cómo se puede saber si las organizaciones culturales están cumpliendo con su misión? Mediante la medición de impacto y la rendición de cuentas.

La cuestión de fondo es que muchas organizaciones no tienen claramente formulada su misión por lo que, consecuentemente, muy difícilmente podrán conocer y transmitir cuáles son sus resultados. Y es que la cuenta de resultados de una organización cultural se ha de medir en base a indicadores sobre el cumplimiento de su misión, no sobre sus ganancias económicas o con una simple enumeración de actividades.

Así pues, quienes apoyan a la cultura con su dinero (que en lo público son todos los ciudadanos), deberían exigir a las organizaciones culturales -como condición inexorable a recibir donaciones privadas y ayudas públicas- una preceptiva rendición de cuentas que explique la forma en la que se gestiona y se gobierna cada proyecto cultural, que presente cómo se va a medir el impacto de su proyecto y que posteriormente explique cuáles han sido sus resultados y si estos, efectivamente, han contribuido al desarrollo de la misión.

Eso es, exactamente, el éxito de un proyecto cultural y esa debería ser la condición para un sistema sostenible de apoyo económico. Pero, ¿por qué “sostenible”? Porque genera confianza y por tanto, apoyo social (y económico) hacia la cultura.

En realidad no hay por qué inventar demasiado, sino prestar atención a modelos y propuestas ya existentes tanto en otros países, como en España. Por ejemplo, la Fundación Autor establece en su Manual de buenas prácticas en materia de ayudas a colectivos, asociaciones de autores o grupos profesionales:

“…se aconseja que los responsables hagan un esfuerzo encaminado a abrir un proceso transparente y accesible a todos los colectivos. Se deberían establecer condiciones de acceso a las ayudas y a la correspondiente adjudicación, basarse en programas de acciones medibles y cuantificables en su realización. Se aconseja también establecer mecanismos de supervisión y verificación de gastos, se recomienda que estas acciones sean asumidas por comisiones independientes”.

“Se sugiere una cláusula que exija la devolución de las subvenciones en el caso de no realización, total o parcial, de los proyectos, lo que significa que es necesario el seguimiento efectivo del destino de las ayudas”.

A esta propuesta genérica se podría añadir la condición para las organizaciones receptoras de ayudas, de elaborar un informe que incluya una adecuada evaluación de desempeño basado en indicadores claros y estandarizados en las buenas prácticas en gestión. ¿Por qué si no habría que, por ejemplo, conceder beneficios fiscales a las fundaciones culturales? Estos beneficios, que ya se están aplicando sin necesidad de una Ley de Mecenazgo, se justifican en la base de que las fundaciones son organizaciones que ejercen un bien social. La medida que se propone sólo pide probar que estos retornos se están produciendo de forma efectiva.

2. Promueva los incentivos sociales (además de los fiscales)

Lo decía Donald Sassoon, profesor de historia comparada de la Universidad de Londres, sobre lo que es cardinal para la cultura: “Es mucho más importante el tiempo para disfrutarla, que el dinero”. Por eso, los incentivos para hacer que la cultura sea sostenible deberían ir encaminados hacia lo social, y no sólo hacia lo fiscal que, según opinan expertos como el propio Sassoon, no es garantía de una suficiente financiación de la cultura ni de su estabilidad, diversidad y sostenibilidad.

Sassoon defiende que lo que se debe patrocinar no son las artes, sino el disfrute de las artes. Por eso, se debería comenzar a considerar al usuario, espectador o público cultural como el verdadero protagonista de las políticas de financiación de la cultura y no sólo a sus profesionales como ha venido siendo hasta ahora.

Así pues, la diversidad efectiva de públicos y manifestaciones culturales ha de ser un indicador a la hora de promocionar políticas y medir resultados si se quiere mantener un sistema de la cultura sostenible.

Por esta razón, es imprescindible que la administración pública ejerza su papel como agente compensatorio y activo de la cultura, puesto que la intervención única del mercado anularía, como ya está pasando, todas las expresiones minoritarias y de menor impacto mediático.

¿Cómo fomentar políticas culturales de incentivos sociales? Una posibilidad es, sin duda, rebajando el llamado “IVA cultural”, pero no es la única vía.

Es posible aplicar medidas como el establecimiento de bonos culturales, como los que ya se impulsan desde el Gobierno de Extremadura para favorecer el acceso a la cultura de los jóvenes o la Bizkaiko Kultur Txartela, una iniciativa del Departamento Foral de Cultura de la Diputación Foral de Bizkaia dirigido a incentivar el consumo de productos culturales en sus múltiples soportes.

Sin embargo, existen otras posibilidades vinculadas a otros aspectos sociales distintos del simple precio de venta al público, como por ejemplo, la promoción de horarios diversos que favorezcan la conciliación de la vida personal y profesional o la incorporación de Consejos de Cultura -vinculantes- a los órganos de gobierno de las administraciones.

Además de las expuestas, las medidas concretas a implantar para favorecer el establecimiento de un sistema sostenible para la cultura pueden ser muchas más. Ahora, lo que es crucial es que los ciudadanos las reclamen.

Publicado originalmente en Compromiso Empresarial, febrero 2015


La crisis de la cultura local tras el brillo de El Dorado

Architects Dress as Famous New York City Buildings. January 13, 1931, the Society of Beaux-Arts Architects, New York.

Dicen que no hay dinero para la cultura y que por eso las cosas están así (de mal) Pero al margen de lo discutible del argumento, ¿cómo es posible que se haya llegado a un escenario tal, casi de siniestro total en lo que atañe a la actividad cultural de muchas de nuestras ciudades?

Pese a la crisis económica experimentada en los últimos tiempos, es necesario precisar que el gran problema de la cultura en España no es la financiación, sino la perniciosa falta de políticas culturales. Es debido a esta carencia -y no a una supuesta falta de dinero- la razón por la que la cultura está sufriendo, entre otras cosas, recortes inesperados y arbitrarios que han derivado en presupuestos escasos, ridículos o inexistentes. Y es que parece que para el general de nuestros gobernantes la cultura en España sea perro flaco, por muy bonito que este pueda parecer.

Por su parte, la cultura y sus organizaciones profesionales han reaccionado (las pocas que lo han hecho) tarde a la crisis, a la vez que ya desde los años de “la abundancia” han venido manteniendo una estrategia fatalmente equivocada. Los profesionales de la cultura han dado por hecho que el gobierno político de turno era su interlocutor natural y único, por lo que les han venido dirigiendo a ellos -en exclusiva- sus comentarios y peticiones; confiando, esperando y exigiendo que atendieran sus demandas y necesidades. Mientras, los ciudadanos se han quedado al margen de estas interlocuciones, por lo que lógicamente han dejado de sentir la cultura como suya. Lamentablemente, el daño ya está hecho. Ahora, ¿a quién le importa la cultura “con la que está cayendo”?

“La cultura no es un lujo”, claman “los de la cultura” que, inagotables ante el desaliento, gritan y patean mientras se lamentan de que a nadie más parece importarle sus nobles y justas reivindicaciones. Pero la realidad es que la cultura se ha centrado en hablar con el gobierno y no con los ciudadanos, por eso no debería extrañar (aunque muchos de la cultura quieran seguir sin verlo) que mientras que las mareas blancas y verdes han llenado las calles de nuestras ciudades, el apoyo ciudadano a las preocupaciones de “los de la cultura” ha tenido una tibia y ambivalente acogida. Así pues, la paradoja está servida: pese a que la cultura sea un bien de interés general, esta no parece estar siendo del interés del común de los ciudadanos. ¿Cómo darle la vuelta a esta situación?

Muchos creen que la desafección de los ciudadanos frente a la cultura sucede porque en general, son (somos) incultos y, ¿por qué no? puede que lo seamos, puede que los vericuetos por donde nos ha de llevar la cultura se nos hagan difíciles e inexcrutables. Sin embargo, esta forma de pensar constituye la prueba de que se está confundiendo el síntoma con la enfermedad. A los ciudadanos no les interesa la cultura, pero no porque sean incultos, sino que son incultos porque no les interesa la cultura. Así pues, la verdadera cuestión a resolver es la desafección de los ciudadanos respecto a la cultura.

El territorio de lo cultural se ha restringido, no ya tanto a una élite económica o técnica como en épocas pretéritas, sino a una minoría decisiva en términos políticos, en lo que afecta a los procesos de elaboración de políticas. Esto se ha propiciado, no sólo desde el propio poder político, sino desde los mismos profesionales de la cultura que, paradójicamente, no se han centrado todo lo hubiera hecho falta en la necesidad de crear -ellos mismos- políticas culturales. Sin embargo, las políticas culturales son imprescindibles para fortalecer el liderazgo de la cultura y de sus profesionales en la sociedad y evitar la arbitrariedad de los personalismos, además de la deriva de los muchos agentes involucrados. Sólo mediante el impulso de políticas culturales que fomenten la confianza de los ciudadanos en las organizaciones culturales, estos podrán recuperar su sentimiento de afiliación con la cultura, de la cual se han distanciado a su pesar.

La desafección de los ciudadanos frente a la cultura ha sucedido porque en el ámbito profesional de la cultura no se suele tener clara la distinción entre la gestión de las organizaciones y su gobierno, que ha de estar centrado en la misión de la organización y su sostenibilidad. Sin embargo, una minoría gestora de la cultura se ha ocupado de decidir en solitario lo que necesariamente, por su naturaleza social, ha de articularse de forma colectiva. Se ha dedicado a gobernar desde la mera gestión y, por si fuera poco, sin rendir cuentas.

Es necesario señalar que la mencionada articulación colectiva de la cultura no ha de implicar que los procesos de toma de decisiones hayan de ser necesariamente asamblearios. Las decisiones deben tomarlas quienes tienen conocimientos y responsabilidades para ello, pero han de hacerlo en base a la misión de cada organización y dando explicaciones. Lo contrario sería actuar de espaldas a los ciudadanos y restringiendo sus posibilidades de participación. Y es que además de la toma de decisiones estratégicas en base a la misión, una de las principales obligaciones de los órganos de gobierno de las organizaciones culturales ha de ser rendir cuentas a sus grupos de interés que, en lo que atañe a la cultura y por su condición de bien de interés general, afecta a todos los ciudadanos al margen de la naturaleza pública o privada de las organizaciones en cuestión.

Los ciudadanos necesitan instrumentos adecuados para forjar su criterio, confiar en las organizaciones y participar en la vida cultural de las ciudades. Por eso es necesario impulsar políticas culturales que fomenten el buen gobierno, la rendición de cuentas y la transparencia; pues toda confianza ha de partir del conocimiento previo que necesitan los grupos de interés. De lo contrario, no estaremos hablando de confianza, sino de mera y ciega fe mientras se lanza la pelota de la responsabilidad de la cultura a tejados ajenos como el del mecenazgo, que jamás llegará -no por la legislación- sino si antes no se confía en sus organizaciones.

Solo cuando los ciudadanos sientan la importancia capital de la cultura en la sociedad, alcanzada a través de la confianza y el acercamiento a la participación, estarán en disposición de apoyarla y de reclamar a los gobernantes y a los gestores de las organizaciones que también lo hagan.

Publicado originalmente en Debat d’Interacció 2014 sobre els reptes de les polítiques culturals locals.


El oportunismo 2.0 y la masa filantrópica

Son tiempos de recortes en los presupuestos públicos. El que más y el que menos, todos los departamentos han pasado por el filo de la tijera.

En medio de esta vorágine no faltan voces que presentan la cultura como una actividad prescindible en tiempo de crisis. Lo paradójico es que lo hagan, precisamente, en un momento en el que la avaricia de demasiados gobiernos y empresas ya ha puesto de manifiesto que los desequilibrios sociales estructurales terminan, irremediablemente, por reventar el propio sistema.

Hubiera sido necesario poner en su justo valor el papel de la cultura en la sociedad en vez de buscar modelos sociales basados únicamente en la rentabilidad a corto plazo y en la promoción de capacidades meramente utilitarias y exclusivamente dirigidas a proporcionar beneficios económicos directos.

No es sitio este artículo para defender la importancia sistémica de la cultura para la sociedad; ya lo argumenta en profundidad el libro de Martha C. Nussbaum, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (traducción de M. V. Rodil. Katz, 2010), en el que explica los beneficios de las humanidades para las sociedades democráticas contemporáneas. La cultura es, simplemente, consustancial a la sociedad.

La financiación de la cultura es una cuestión cardinal no exenta de riesgos. Dicen que quien paga, manda; por lo que un potencial intervencionismo por parte de quienes sustentan económicamente la cultura podría entrar en conflicto con la libertad inherente al acto creador, así como con la preservación de la diversidad de las distintas expresiones culturales. Este es el principal escollo que un potencial sistema cultural basado exclusivamente en la iniciativa privada encuentra entre quienes se dedican a la cultura en España.

Por otra parte, el sector cultural ha tomado conciencia –traumática y repentinamente– de que la administración pública no puede pagarlo todo. Así que se podría decir que la cultura en España está en un “ni contigo, ni sin ti” en relación al modelo de financiación que quiere para sí. Entretanto, el Gobierno parece dispuesto a pasar la patata caliente a la ciudadanía –especialmente a las empresas– mientras estas se parapetan en el argumento de su bajada de beneficios para justificar la congelación de sus programas de mecenazgo. ¿Dónde queda pues la filantropía inherente al mecenazgo empresarial, especialmente necesaria en tiempo de crisis?

Mecenazgo ¿en masa?

En los últimos tiempos abundan las propuestas que plantean soluciones a casi cualquier problema, añadiendo simplemente el adjetivo “2.0″ a su raíz; como si por el hecho de trasladar un problema a los demás este se fuera a solucionar.

Esta tergiversada y oportunista interpretación del fundamento colaborativo de Internet y del concepto de sabiduría colectiva propugnado por James Surowiecki en The Wisdom of Crowds: Why the Many Are Smarter Than the Few and How Collective Wisdom Shapes Business, Economies, Societies and Nations (2004), choca frontalmente con la saturación de iniciativas on-line a que los usuarios son llamados y con su subsiguiente incapacidad para gestionarlas todas. Y es que las oportunidades que ofrecen los entornos 2.0 no han de ser entendidas como un modelo único de financiación, ni de gobernanza asamblearia basada en el voluntariado.

Todo apunta a que la nueva Ley de Mecenazgo se limitará a establecer algunas modificaciones fiscales mientras que apela a la responsabilidad de los ciudadanos hacia la cultura y les llama a participar, aunque solo pagando.

Pero con una administración pública incapaz de asumir integralmente la financiación del país y una sociedad civil que no puede digerir en tiempo y forma la cascada de cargas que le son trasladadas cada semana, es difícil creer que los problemas de financiación de la cultura se vayan a arreglar “entre todos” con tan solo poner la etiqueta “2.0″ al problema. Desde esta perspectiva, resultan ciertamente perversas algunas propuestas que surgen de lo público echando mano de moda “colaborativa”, con la que pasan su incapacidad al ciudadano y a las empresas.

Un ejemplo de ello ha sido promovido recientemente por el Gobierno de la Región de Murcia.

Socializando los errores, privatizando los privilegios

Tras una gestión económica no exenta de polémica y derroches, el Departamento de Cultura y Turismo de esta región ha visto reducido su presupuesto un 4,16% con respecto a 2011.

Como solución a este recorte, se ha propuesto pedirle a unos mil empresarios de la región un total de 500 euros a cada uno a través de la iniciativa: Yo soy mecenas de la cultura, descrita así en su página web: “Micromecenas es un proyecto novedoso de la Región de Murcia que, surgiendo como respuesta a la conyuntura económica actual en el ámbito de la cultura, busca la sostenibilidad del patrimonio cultural de la Región mediante la participación del sector privado, desmitificando el concepto de “mecenazgo” para hacer ver que ser mecenas de la cultura puede estar al alcance de cualquiera. Las empresas podrán portar el sello oficial “Yo soy mecenas de la cultura. Región de Murcia” y ser reconocidas por la consejería de Cultura y Turismo mediante una aportación económica a los principales centros dependientes de ella y a una bolsa de emprendeurismo que fortalezca el tejido cultural base de la Región”.

Un rápido examen de esta plataforma de micromecenazgo pone de relieve la extremada pobreza de sus intenciones, sus informaciones, así como de los presuntos servicios que ofrece a la ciudadanía. Es más, esta web está muy lejos de ser un verdadero entorno 2.0 para los usuarios, como de entrada cabría esperar dada la abundancia de términos como “micromecenazgo” o “participación” con los que ilustra su argumentario. De hecho, cualquier posible comparación con otras iniciativas de micromecenazgo on-line –algunas tan antiguas como Kiva y sin embargo mucho más sólidas (Vid. Microcréditos on-line para una macroeconomía corresponsable)– dejan a “Yo soy mecenas de la cultura” en una paupérrima posición.

Los mecenas de esta iniciativa son tratados como meros patrocinadores, ya que no se espera más de ellos que una aportación de 500 euros por cabeza. Así, se ha creado una sección denominada “Salón de mecenas” en la que se reúnen los logotipos de un total de 16 empresas sobre las que no se proporciona ningún tipo de información ni valor añadido adicional, aparte de un exiguo enlace a sus respectivas páginas webs. Cuesta creer que, en el actual contexto de decrecimiento de la actividad filantrópica empresarial, esta plataforma vaya a incentivar el mecenazgo.

Más aún, su escasa calidad podría incluso resultar contraproducente para sus pretendidas intenciones, pues el retorno para los mecenas se limita a aparecer de esa guisa en el “Salón de mecenas” además de, en palabras del consejero de cultura de la Región de Murcia, Pedro Alberto Cruz, “presumir durante un año de ser mecenas de la cultura y usar el logo como quieran”.

Otra cuestión sorprendente es que no se facilite información sobre cómo se articula el proyecto (estrategia, objetivos económicos, fórmulas de participación de las partes, requisitos de las iniciativas a financiar, impacto, indicadores, gestión de la participación, retornos o evaluación) cuando la transparencia debería ser clave en un proyecto que lleva aparejado el pago por parte de donantes privados para un gobierno regional.

Solo leyendo los artículos recogidos en la sección de la plataforma “Noticias” salen a la luz detalles sobre la iniciativa. Así, se puede saber que lejos de promover un verdadero mecenazgo, el objetivo de esta plataforma es meramente recaudatorio: medio millón de euros en un año. Se trata de una cantidad que el consejero ha calificado como “suficiente” y que según sus declaraciones será empleada en un 70% para “el sostenimiento de museos, bibliotecas y centros culturales”. Ni rastro de detalles sobre cuáles serán los criterios de adjudicación y gestión de dicha recaudación.

Mucho más sugerente resulta la idea de invertir el 30% de lo recaudado en un “capital semilla” que, en palabras del consejero, será “diseminado entre proyectos de emprendeurismo cultural”. Pero, como en el caso anterior, sigue faltando información básica.

Es más, un análisis de los argumentos expuestos durante estas apariciones en prensa pone de manifiesto una peligrosa mezcla de conceptos y una flagrante falta de claridad en el valor estructural de esta propuesta.

Ojalá esta iniciativa de captación de fondos (que no de mecenazgo) se aproximara a la calidad de las plataformas de crowdfunding que funcionan en España (Vid. Dinero sin ánimo de lucro. Crowdfunding para monetizar el poder social). Resulta sorprendente que en lugar de crear un entorno on-line con visión contemporánea, en el que se integre la participación directa de los ciudadanos además de todo el abanico de servicios que proporcionan los entornos 2.0, la Consejería de Cultura y Turismo de la Región de Murcia se limite a esperar a que mil empresas de la región acudan a la web y cumplimenten el formulario de donación.

Dado que ya existen plataformas mucho mejores funcionando en España que se podrían haber utilizado, no se entiende por qué el gobierno murciano ha decidido gastarse el dinero en construir esta plataforma on-line que ni proporciona información, ni posibilidades de debate, ni intercambio, ni servicios.

Habrá que confiar en que la nueva Ley de Mecenazgo no venga acompañada de proyectos de mecenazgo tan poco fundamentados como este, que para colmo, encima ha de pagarse con el dinero de los contribuyentes.

Publicado originalmente en: Compromiso Empresarial, mayo-junio, 2012


Dadme calderilla y moveré el mundo. Microcréditos online para una macroeconomía corresponsable

La vertiginosa progresión mundial de la última crisis financiera ha puesto de relieve la urgente necesidad de encontrar soluciones sostenibles planteadas con una perspectiva también global. Tal como las organizaciones del tercer sector han venido denunciando durante años, las relaciones de explotación y desigualdad son insostenibles a medio y largo plazo. Una vez llegados a ese término, ya no se puede seguir mirando hacia otro lado ante los problemas de los demás.

Resulta paradójico que en la actualidad -cuando más posible está siendo el diálogo y la colaboración gracias a las herramientas online- sea la época en la que los gobiernos estén mostrándose más dependientes de las circunstancias de un mercado financiero controlado por unos pocos. Visto lo sucedido en países como Grecia o Italia, donde sus gobiernos democráticos han sido fulminantemente sustituidos por la maquinaria del sistema financiero; en los tiempos que corren resulta difícil creer que el dinero esté al servicio de las personas y no viceversa. Sin embargo, comienzan a consolidarse modelos alternativos de financiación, más solidarios, globales y enfocados a las personas, que aprovechan las oportunidades de Internet para sortear las parciales imposiciones de los intermediarios políticos y económicos. Tal es el caso del llamado Peer to Peer Lending (Préstamo entre pares) o Social Lending (Préstamo social)

El Préstamo social es un tipo de crédito que permite a donantes individuales realizar préstamos reducidos a emprendedores de países en vías de desarrollo y pequeñas empresas. A diferencia del crowdfunding, sí es una actividad susceptible de tener ánimo de lucro por lo que conviene conocer algunos pormenores de en qué términos se gestiona este dinero.

Kiva, la pionera de los microcréditos online

Kiva (www.kiva.org), que en Suahili significa “acuerdo” y “unidad”, es la plataforma de microcréditos en Internet más conocida y completa. Surgió en 2005 en Estados Unidos después de que sus fundadores Matthew Flannery y Jessica Jackley tomaran conciencia del crucial impacto que los microcréditos estaban teniendo entre las pequeñas comunidades de emprendedores de Uganda y Tanzania (Ver. Compromiso Empresarial, septiembre-octubre, 2010)

Esta organización sin ánimo de lucro cuenta con una trayectoria profundamente inspiradora. Desde los 3.500$ de financiación total conseguidos hace siete años para el primer grupo de emprendedores, Kiva ha progresado hasta alcanzar más de 291 millones de dólares en préstamos concedidos a más de 740 mil diferentes emprendedores y proporcionados por unos 700 mil usuarios.

Kiva destaca por su fluida usabilidad que se ve apoyada por un lenguaje enormemente didáctico y altas dosis de transparencia, imprescindibles en una iniciativa como ésta basada en la buena fe y la confianza entre pares. Resulta lógico pues que Kiva comparta sus estados financieros (http://www.kiva.org/about/finances) además de información sobre sus políticas de gestión, criterios y sistemas de gobierno.

Este sistema de microcréditos se basa en aportaciones mínimas de 25$ por parte de los prestamistas, quienes podrán encontrar en Kiva información detallada sobre los proyectos, tanto los que necesitan fondos como de los que ya los han obtenido. Los prestamistas, una vez hayan seleccionado el proyecto a financiar, pueden ponerse en contacto con los Field Partners (Socios en el terreno) (http://www.kiva.org/partners) vinculados al área, que son una serie de organizaciones financieras de microcréditos distribuidas por diferentes lugares del planeta y quienes se encargarán de gestionar los préstamos a los emprendedores.

Los Socios en el terreno son agentes clave para el éxito de Kiva porque son quienes finalmente asumen la responsabilidad de: seleccionar a los prestatarios, reunir sus fondos, publicar sus peticiones de préstamo en Kiva, realizar los desembolsos a los prestamistas, así como la recaudación de los pagos. Por su parte, Kiva no establece ninguna relación contractual entre los prestatarios y los prestamistas, sino que deja a los Socios en el terreno este papel para que además desempeñen una cardinal labor de administración y supervisión in situ, atendiendo desde la proximidad a proyectos y emprendedores. Su papel decisivo en el buen desarrollo de los fines de Kiva hace que su elección sea un pilar estratégico que ha de llevarse a cabo con las máximas garantías.

Los criterios para seleccionar a los Socios en el terreno son según Kiva, la calidad y la excelencia en una misión profundamente ligada a lo social. Así, se escoge a organizaciones que destacan en: protección de los clientes; garantías en la orientación y alcance de los servicios a los más desfavorecidos; productos específicamente diseñados para las necesidades de los destinatarios; medición de resultados en la vida de los clientes prestatarios y ahorradores; y oferta por añadidura a los servicios de préstamo de servicios de ahorro, formación en educación financiera y programas de empoderamiento.

En la actualidad Kiva cuenta con 147 Socios en el terreno distribuidos entre 61 países distintos, los cuales se presentan clasificados en función de su “social performance” (desempeño social) que mide los beneficios generados para las comunidades a las que sirven. Los Socios cobran intereses por sus préstamos a los promotores de los proyectos en un porcentaje a criterio de cada entidad de microcrédito. Compartir este dato es requisito imprescindible para obtener la condición de Socios en el terreno y se puede consultar en las fichas informativas disponibles en la plataforma. Por otra parte, Kiva asegura que no cobra intereses a los prestamistas y que nunca se asociará con entidades que cobren intereses desorbitados.

El paisaje de la calderilla

Piggy BankPese a que Kiva sea la organización de microcréditos online más destacable, son varias las que actualmente ofrecen sus servicios en Internet. Tal es el caso de Microplace (www.microplace.com), filial de eBay lamentablemente limitada a inversores de Estados Unidos, que a diferencia de Kiva cobra una tarifa de un 1% del total recaudado a los prestamistas. Por la parte europea, la francesa Veecus (www.veecus.com) ofrece microfinanciación no sólo a “países del sur”, sino que amplía sus servicios a proyectos también radicados en Francia. Sin embargo, la información sobre su actividad resulta insuficiente, así como algunos de los argumentos empleados sobre sus supuestas bondades. Que el beneficio dado a los prestamistas se limite a proveer de organizaciones de microcrédito con un interés menor que el habitual en los bancos, es un argumento tremendamente pobre frente a los beneficios en lo referente a proximidad, formación, supervisión y fortalecimiento del tejido social proporcionados por los Socios en el terreno de Kiva.

Pero al margen de las características particulares de cada plataforma, cabe preguntarse por el impacto de estas iniciativas en la captación de fondos realizada por las organizaciones sociales. Parece lógico que iniciativas como Kiva le estén restando a las organizaciones cierta capacidad de captación fondos. Los donantes, en lugar de dar a las organizaciones para que estas implementen sus programas, perciben un impacto más eficiente de su dinero si, una vez recuperado, además pueden seguir reinvirtiéndolo en nuevos proyectos. Con ello no sólo ayudan a más personas sino que además lo hacen sin tener que minar su bolsillo de manera indefinida. Desde este punto de vista las plataformas de microcréditos online se presentan como una fórmula ideal para superar la ya tipificada como donor fatigue (fatiga del donante).

Ahora más que nunca, la transparencia y la calidad de la comunicación en la rendición de cuentas juegan un papel determinante a la hora de que los usuarios tomen la decisión de cómo realizar su inversión social. Es un momento crucial para que las organizaciones del tercer sector se planteen una revisión integral de su comunicación para ligarla a tiempo real a los más altos estándares de rendición de cuentas. Además, cuentan con una magnífica oportunidad para también revisar su función social e ir más allá de la de meros canalizadores de donaciones. Es tiempo de que las organizaciones sociales se concentren en su contribución estratégica a escala glocal, puesto que pese a la bondad de las acciones individuales de los donantes, estas nunca podrán sustituir la visión estratégica y analítica que aportan las organizaciones.

Originalmente publicado en: Compromiso Empresarial. Marzo-abril, 2012


Apoya la cultura y #dilesno

i-love-que-me-paguen

Distinguiendo entre el síntoma y la enfermedad

La avaricia sostenida de gobiernos y empresas está conduciendo a la fulminante destrucción del tejido cultural español. Los cierres de programas e instalaciones culturales sumados al recorte de recursos, se suceden en cadena por todo lo largo y ancho de nuestro territorio. Por si fuera poco, los responsables de la gestión pública de la cultura buscan la justificación de sus apresuradas decisiones en la crisis económica (como si la cultura no fuera una prioridad precisamente en tiempos de crisis)

Un análisis en perspectiva llevaría a la conclusión de que la actual crisis tiene su origen en la falta de impacto de la cultura en la sociedad. Sí, a menos cultura, más crisis; surgida precisamente porque los intereses de crecimiento económico se han planteado en confrontación a nuestro crecimiento como seres humanos. De esto hemos sido responsables todos, aunque cierto es que no en la misma medida.

El papel secundario de la cultura en la actual sociedad de mercado está forjando una legión de ciudadanos abonados al pensamiento único y concentrados en lo utilitario a corto plazo. Este restringido escenario está resultando extremadamente provechoso para quienes controlan el sistema en beneficio propio.

Sumándome a los argumentos de Martha Nussbaum (1), opino que la cultura atemoriza a los partidarios de la educación utilitaria para el crecimiento económico, pues promueve “…la comprensión crítica y reflexiva, que no puede pasar por alto las desigualdades y las diferencias, fenómenos que chocan frontalmente con la tendencia homogeneizadora del mercado”

Parece indudable que los ciudadanos con cultura –es decir, con pensamiento crítico, fundamentado e independiente– podrían cuestionar los sistemas establecidos y ocasionar la subsiguiente pérdida de control de quienes los gestionan. Es lógico pues que el mercado –ese gran protagonista de la gestión política de los últimos tiempos– sea parte muy interesada en minimizar el impacto de la cultura.

El mercado ha diseñado sofisticados sistemas que restan a la cultura una adecuada valoración social y fuerza ejecutiva, a la vez que le hacen dependiente de un sistema económico de supervivencia controlado por el mercado mismo. Desde este punto de vista resulta preocupante la posible desaparición de las políticas culturales públicas en favor de un sistema único de mecenazgo cultural privado. Apoyando esta idea, Donald Sassoon –profesor de Historia europea comparada de la Universidad de Londres– insistía no hace mucho en que a la cultura que no sea popular “le va a costar mucho encontrar patrocinios” con un mecenazgo privado exclusivamente.

La situación actual es que la producción cultural independiente de los intereses económicos empresariales está seriamente amenazada. Pero ante estas circunstancias, ¿qué está haciendo el sector cultural?, ¿cómo están reaccionando sus profesionales? El sector de la cultura en España, fiel a su tradicional ensimismamiento, parece ocupado en verter lágrimas por el mendrugo de pan perdido mientras cae en profundas y lamentables contradicciones.

La tira de Joaquín Secall. ¿A ti te han pagao? ¿A mí tampoco?, 2012

Entre todos la mataron y ella sola se murió

“Medio pan y un libro”, son las famosas palabras que Federico García Lorca pronunció en septiembre de 1931 en el discurso de inauguración de la biblioteca de Fuentevaqueros, Granada:

(…) No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social. (…)

Pese a la grandeza argumental de las palabras de Lorca y su rabiosa vigencia, reivindicar “medio pan y un libro” ha llevado al sector de la Cultura a una miseria estructural consentida, pues mientras ha renunciado a “medio pan”, es finalmente la cultura quien ha de trabajar en escribir el libro.

En algún momento de la historia el sector de la cultura ha aceptado la idea de que su actividad profesional ha de estar indisociablemente unida al de la subvención y la precariedad laboral. Un ejemplo de ello es que la frase “por amor al arte” se ha convertido en el lamentable sinónimo de “gratuidad vocacional consentida”. Sin embargo, “el amor al arte” no debería implicar la precariedad laboral de todo un sector. Otra cuestión es el legítimo ejercicio del voluntariado, que ha de suceder cuando la persona efectivamente lo desea y no cómo vía subrepticia de avanzar o medrar en un sistema basado en la precariedad y el clientelismo.

La cultura no debe ser entendida como un adorno, sino como una actividad necesaria para la sociedad que implica necesariamente el trabajo de profesionales y que como tales han de ser remunerados. Quienes solicitan trabajos culturales gratis fomentan la precariedad del sector, pero también lo hacen quienes los aceptan. ¿Cuántos concursos sin premio, artículos sin pagar y jornadas hechas a base de “conocidos” que no cobran se promocionan hoy en día? La solución a esta precariedad depende de un sistema que es responsabilidad de todos. Por eso, desde aquí, apelo a los profesionales de la cultura a que realicemos una reflexión colectiva, con perspectiva, sobre cómo estamos “funcionando”.

#dilesno

Las consecuencias de trabajar gratis para “tener visibilidad” y/o “hacer currículo” ya comienzan a ser parte estructural del sector de la cultura. Mientras, son pocos los que en el colectivo de profesionales prefieren restarse oportunidades de proyección antes que alimentar a un sistema que perjudica a todos de forma colectiva.

James Victore. Just say no

James Victore. Just say no, 1999

Trabajar gratis es una forma de especulación individual, pues en su objetivo final reside la intención de conseguir ventaja competitiva en un entorno profesional que por ser tal, debería ser remunerado. Significa, en resumen, romper la baraja. Sin embargo, muchos continúan con esta práctica mientras miran para otro lado justificándose en “sus” necesidades individuales que por cierto, nunca se cubrirán con un sistema precario como el que fomentan.

El mayor perjuicio que ocasiona este tipo de prácticas es, sin duda, para los más jóvenes. Trabajar gratis perjudica gravemente las oportunidades futuras de muchos profesionales jóvenes que quieren progresar y legítimamente llegar a vivir de la cultura. Sin embargo, resulta paradójico y triste ver cómo muchos de ellos se entregan a esta precariedad como fórmula para competir, mientras que por otra parte se lamentan de su actual falta de oportunidades profesionales. Esto es lo que generaciones anteriores les hemos dejado como modelo de gestión cultural: los trabajadores gratuitos que desde hace demasiados años han venido adoptando la forma de “en prácticas” y/o “becarios”.

Mi opinión no pretende juzgar a nadie y se expresa desde el respeto a las elecciones individuales de cada persona, pero intenta poner de relieve el impacto social y profesional de las decisiones que cada uno libremente tomamos. Trabajar gratis es una práctica tóxica para el sector y por eso quiero evitar que se difunda. Sin la retribución a los profesionales, el sistema no funcionará nunca.

Desde aquí apelo a la solidaridad entre profesionales y te animo a que digas no a la gratuidad o a los honorarios ridículos por tu trabajo. Confío en que aprecies el valor de esta postura para que generaciones presentes y futuras de profesionales puedan tener su propio espacio de desarrollo. Por eso, prueba una experiencia revitalizadora y ¡#dilesno!, porque el verdadero amor al arte es la práctica de estrategias y acciones que lo hagan sostenible. No te olvides: la próxima vez que te lo ofrezcan, #dilesno.

Si quieres más información sobre esta iniciativa, puedes escuchar el debate generado por #dilesno en el que participé en el programa de Radio Círculo Miradas Invisibles, celebrado el 5 de marzo de 2012 y disponible en este reproductor:

Ir a descargar

(1) Martha Nussbaum es una de las pensadoras más destacadas en el ámbito de la filosofía y las ciencias sociales. Sus trabajos se han centrado especialmente en la filosofía antigua, la filosofía política, y la ética y el derecho, sin olvidar el estudio de las emociones. Actualmente, es profesora en la Facultad de Derecho y Teología de la Universidad de Chicago. Entre sus obras más recientes traducidas al castellano figuran Paisajes del pensamiento: la inteligencia de las emociones (Paidós, 2008), India. Democracia y violencia religiosa (Paidós, 2009) y Libertad de conciencia. Contra los fanatismos (Tusquets, 2009). Fuente: CCCB.


Solidaridad: mejor si nos hace sentir bien

El final del año es una época en la que los medios de comunicación se esmeran por difundir un perverso mensaje de consumismo desaforado exculpado con unas gotas de solidaridad (el perfume de la navidad) Mientras los programas “solidarios” se acumulan en las parrillas de televisión, las ONGs hacen su agosto desplegando sus campañas de navidad en forma de pastillas, juguetes e ilusiones. He de decir que mi profunda vocación social se siente a veces abrumada ante tan ostentoso despliegue de penas y excesos de marketing que en muchas ocasiones ni siquiera han evolucionado más allá de hacernos sentir tristes y/o culpables.

Hoy quiero recordar una iniciativa -revolucionaria en su momento- que pasados más de 15 años todavía resulta más fresca y positiva que muchas de las ñoñeces impostadas que nos asaltan en la actualidad. Band Aid fue un grupo británico-irlandés fundado en 1984 por los cantantes Bob Geldof y Midge Ure para recaudar fondos contra el hambre de Etiopía. Grabaron el tema “Do They Know It’s Christmas?” en noviembre de 1984 que sobrepasó todas las expectativas, vendiendo más de un millón de ejemplares en una semana y convirtiéndose en número uno en ventas durante las navidades de ese año.

Los integrantes originales de la banda fueron: Linda Ronstadt, Adam Clayton (U2), Phil Collins (Genesis), Bob Geldof (The Boomtown Rats), Steve Norman (Spandau Ballet), Chris Cross (Ultravox), John Taylor (Duran Duran), Paul Young, Tony Hadley, Glenn Gregory (Heaven 17), Simon Le Bon (Duran Duran), Simon Crowe, Marilyn, Keren Woodward (Bananarama), Martin Kemp (Spandau Ballet), Jody Watley (Shalamar), Bono (U2), Paul Weller (The Style Council y previamente The Jam), James “J.T.” Taylor (Kool & The Gang), George Michael (Wham!), Midge Ure (Ultravox), Martyn Ware (Heaven 17), John Keeble (Spandau Ballet), Gary Kemp (Spandau Ballet), Roger Taylor (Duran Duran), Sara Dallin (Bananarama), Siobhan Fahey (Bananarama), Sting (The Police), Pete Briquette (The Boomtown Rats), Francis Rossi (Status Quo), Robert ‘Kool’ Bell (Kool & the Gang), Dennis Thomas (Kool & the Gang), Andy Taylor (Duran Duran), Jon Moss (Culture Club, antiguo integrante de Adam and the Ants), Rick Parfitt (Status Quo), Nick Rhodes (Duran Duran), Johnny Fingers (The Boomtown Rats), David Bowie (que contribuyó con una grabación que fue enviada a Geldof e integrada en el single), Boy George (Culture Club), Holly Johnson (Frankie Goes to Hollywood), Paul McCartney (Wings and The Beatles, que contribuyó con una grabación que fue enviada a Geldof e integrada en el single), Stuart Adamson (Big Country), Bruce Watson (Big Country), Tony Butler (Big Country), Mark Brzezicki (Big Country)

Posteriormente, se promovió el concierto internacional Live Aid.

Si te animas a acabar el año cantando, aquí tienes la letra de la canción:

It’s Christmas time
There’s no need to be afraid
At Christmas time
We let in light and we banish shade
And in our world of plenty
We can spread a smile of joy
Throw your arms around the world
At Christmas time

But say a prayer
Pray for the other ones
At Christmas time it’s hard
But when you’re having fun
There’s a world outside your window
And it’s a world of dread and fear
Where the only water flowing
Is the bitter sting of tears
And the Christmas bells that ring there
Are the clanging chimes of doom
Well tonight thank God it’s them instead of you

And there won’t be snow in Africa
This Christmas time
The greatest gift they’ll get this year is life
Where nothing ever grows
No rain nor rivers flow
Do they know it’s Christmas time at all?

BRIDGE:
(Here’s to you) raise a glass for everyone
(Here’s to them) underneath that burning sun
Do they know it’s Christmas time at all?

END:
Feed the world
Feed the world
Feed the world
Let them know it’s Christmas time again
Feed the world
Let them know it’s Christmas time again


Una dosis de Edupunk y social media en las humanidades (2)

Tribus en xornadasredes

(Continuación del artículo: “Una dosis de Edupunk y social media en las humanidades (1)”)

Afrontar una clase o una conferencia con personas que se juntan de forma aislada en el tiempo es muy distinto que la docencia con un grupo de estudiantes que se reúnen de forma periódica. En los casos de intervenciones aisladas es muy necesario trabajar en relación a las expectativas de lo que para la mayoría de las personas significa “asistir a una conferencia”: esperan escuchar -sentados- a una única persona que es la que se supone que transmitirá el conocimiento. De modo  que para que las personas que se congregan en torno a las conferencias no salgan terriblemente frustradas ante dinámicas “raras” de transmisión del conocimiento, es importante cubrir sus expectativas proporcionando ciertas dosis de lo que esperan y otras muchas de lo que no ;) Por eso mucho del tiempo de las jornadas presenciales celebradas el pasado verano en el Museo provincial do Mar de Lugo transcurrió al más puro estilo “conferencia magistral”, pero sólo aparentemente.

Trastocar el modelo de enseñanza magistral pasa por poner en práctica pequeños cambios subversivos, infiltrándolos dentro de formatos familiares en lo referente a estándares de aprendizaje y transmisión del conocimiento. Uno de esos elementos fue el hecho de que quienes asistimos a las jornadas presenciales no sólo ya nos conocíamos, sino que éramos un grupo. A diferencia de otro tipo de conferencias al uso, nosotros habíamos trabajado juntos durante la Fase 1 que transcurrió íntegramente en internet. Esto provocó que el encuentro fuera un re-encuentro entre conocidos por lo que las conversaciones animadas, las anécdotas y el intercambio se produjeron desde el primer momento. Esto sucedió porque todos ya pertenecíamos al grupo y la verdad es que es triste que pertenecer a un grupo y reunirse sea algo subversivo en la gestión del conocimiento. Está claro que hemos de cambiar muchas dinámicas docentes, más aún ante los entornos de participación 2.0.

Bienvenida a xornadasredes

Cuando las personas se sienten parte de un grupo están más abiertas a explorar nuevas situaciones de forma colectiva y eso es buenísimo para el aprendizaje porque ¿qué no es el conocimiento por aprender sino lo inesperado? Los participantes de xornadasredes llegaron al museo conociendo a los demás, formando parte de un grupo y sabiendo que se les había asignado un color pero sin conocer lpara qué les iba a servir esa información y que se desveló a su llegada. De esta manera, cada participante tuvo que -previamente a entrar en la sala- buscar su color y ponerse una pegatina identificándose como miembro de una de las 3 (+ 1) tribus que yo había definido en función de sus actividades profesionales.

La condición de pertenencia a una tribu (creador@s, gestor@s, investigador@s y voluntari@s) reforzaba las redes de afinidad/identidad definidas entre los asistentes según el oficio de cada uno. Pero estas convenciones terminarían por saltar en pezados al final de la jornada cuando tratamos el asunto de la participación en los entornos 2.0.

Dinámica de roles de participación online en xornadasredesGracias a que contamos con la experiencia compartida de la Fase 1, pude diseñar una dinámica de grupo en la que reflexionamos conjuntamente sobre cómo había sido nuestra participación en el grupo de Facebook “Educación, cultura y acción social en los social media“. La actividad comenzaba por escoger una pegatina (a lo sumo dos) que definiera, no quiénes decíamos ser nosotros, sino cómo nos habíamos comportado durante la fase online. Las opciones de participación entre las que escoger eran: creador@, conector@, analític@, conversador@, coleccionista, espectador@ e inactiv@.

Uno de los aspectos fundamentales de esta acción era que los participantes asumieran de forma pública su condición online, escogiendo una pegatina y poniéndola en un lugar visible al lado de lo que cada uno de ellos había dicho ser offline. El objetivo era reflexionar sobre su propia participación en internet y comprender que el comportamiento online de las personas tiene una dimensión pública que matiza su actividad offline: lo online y lo offline están conectados. Así sugieron numerosas combinaciones como: creador@s-espectador@s, investigador@s-inactiv@s o gestor@s-conversador@s, habiendo sólo un caso de creador@-creador@: Sabela.

UTribus y roles online en xornadasredesna vez escogida y puesta la pegatina, los participantes tenían que encontrar a sus homólogos, sus verdaderos iguales en relación a su impacto en el beneficio común del grupo, para crear un grupo de debate en el que compartieran detalles de cómo había sido precisamente su participación. Con ello buscada que se reflexionara sobre la pretendida cualidad colaborativa y “buenista” de los entornos 2.0 y el hecho de que su interés para los usuarios parte de cómo es la participación individual de cada uno de nostros. Si no hay participación, ni creación, ni conversación, ni información, ni análisis crítico; no hay interés.

Existen muchos artículos y estudios que analizan cómo es la participación en entornos 2.0, así que me podría haber limitado simplemente a contarlo: que los creadores son muy pocos y que los mirones son muchos, casi tanto como los inactivos. Pero los meros datos no significan nada si no se asocian con la experiencia y el conocimiento de las personas, así que lo que hicimos fue aprender siendo. Quizás por eso los comentarios surgidos después de los debates en grupo fueron de altísima calidad e interés, como pocas veces he visto en los muchos años que llevo dando clase. Así que luego lo celebramos, como no podía ser de otra manera, todos juntos y con una estupenda comida colaborativa 2.0 de por medio, que coincidió con la fiesta del marisco en la que no hubo, ni inactiv@s, ni espectador@s.

Dinámica de roles online en xornadasredes

Dinámica de roles online en xornadaredes

Grupo de analíticos conversarndo en xornadasredes

Grupo de inactivos conversando en xornadasredes

Comida colaborativa en xornadasredes

Comida colaborativa en xornadasredes


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