¿Qué hacer por las políticas culturales sin esperar a los políticos de la cultura?

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Tras los resultados electorales de diciembre de 2015 parece razonable pensar que, en los próximos meses, la actividad política se hallará ensimismada en su propio devenir. Los partidos estarán ocupados en asuntos que atañen a su propio sistema, mientras que la cultura –como ya se dejó entrever por omisión durante la campaña– permanecerá postergada, esperando a una segunda fase en las prioridades políticas.

Por otra parte, la cultura –“los de la cultura”– da la impresión haber dado por hecho que los políticos y sus partidos serán los encargados de resolver una situación que en realidad es responsabilidad de todos. Al igual que Vladimir y Estragón cuando se quejaban de sus achaques y penalidades mientras esperaban a Godot, el llamado “sector cultural” parece atascado en la reivindicación como estrategia única, que en estos últimos tiempos se concentra insistentemente en el dinero: “IVA cultural” (sic.), “piratería” y una reclamada “Ley de mecenazgo”.

Por si fuera poco, la sociedad no está mostrando un particular sentimiento de afiliación con la cultura, tal como han puesto de manifiesto los últimos tiempos de crisis económica.

Así pues, la cultura parece estar sufriendo las consecuencias de una tormenta perfecta cuyas causas, lejos de ser únicas y recientes, podrían encontrar sus raíces a lo largo de las cuatro últimas décadas de la historia española.

Sin embargo, muchas de las voces críticas ante la situación actual de la cultura en España describen una trama muy simplificada protagonizada por héroes o villanos que, al igual que en el teatro de Samuel Beckett, son más arquetipos de la condición humana que el reflejo de una situación real.

Y siguiendo fielmente el esquema del teatro del absurdo, esta situación de diagnóstico-reivindicación protagonizada tanto por “los de la cultura” como por los políticos, describe recurrentemente una estructura circular que termina en el lugar de partida y que finalmente no supone más que un mero y estéril discurrir del tiempo (o de legislatura). Mientras, “¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!”.

El resultado de todo ello es que la resolución de los problemas de la cultura se aplazan a ese mañana, tanto más de Beckett como del patrio Mariano José de Larra y su “vuelva usted mañana”. En este contexto, ¿qué se puede hacer hoy por la cultura sin esperar a otros que llegarán con sus soluciones en un mañana cada vez más incierto?

La sociedad tiene un papel capital en la recuperación (y regeneración) de la cultura. Más allá de los políticos, la ciudadanía ha de ejercer un papel efectivo y productivo en las políticas culturales. Esto no quiere decir-ni mucho menos- que haya que para ello haya que militar en algún partido o formar parte de alguna candidatura popular. Lo que significa es que la sociedad ha de participar de forma proactiva, productiva y desde la corresponsabilidad en la cultura y sus instituciones; aunque sea para cambiarlas o creando otras posibles.

Dicho en otras palabras: mientras la ciudadanía no ejerza su derecho a supervisar y participar de manera productiva en el gobierno y la gestión de la cultura en España, el buen gobierno y la buena gestión quedarán en manos de la voluntad y el talento de unos pocos dejando una situación de riesgos múltiples.

Lo urgente no es ya tanto el IVA o una presunta ley que regularía una actividad en realidad casi residual en España: el mecenazgo; lo urgente es que los ciudadanos y ciudadanas de nuestro país comiencen a exigir a las organizaciones e instituciones culturales que rindan cuentas de su actividad.

Sólo mediante una transparente rendición de cuentas se podrá saber quiénes deciden qué es la cultura y en base a qué criterios. Sólo así se podrán conocer los resultados de sus acciones, si son los esperados y apoyan la misión de la organización. Sólo así se podrá saber para qué se hacen las cosas y si se hacen bien.

En este contexto los medios de comunicación y periodistas especializados juegan un papel fundamental. Frente a un tipo de reseña cultural ligada a la celebración de eventos, que replica las cifras, datos y titulares que proporcionan las propias instituciones convocantes; se echan en falta más contenidos elaborados desde actitudes independientes e inconformistas y que analicen políticas y situaciones de fondo en la cultura.

El periodismo cultural debe colaborar de forma contundente y proactiva en la rendición de cuentas por parte de las instituciones. Sin periodistas hambrientos de información, que indaguen en los porqués de los hechos, que contrasten datos y fuentes; el espacio cultural de los medios se asemeja más a una agenda de eventos y lanzamiento de productos enfocados al ocio y a las ventas, que a un espacio dedicado a la cultura.

Por otra parte, las asociaciones profesionales -muchas veces apodadas por los medios como “los de la cultura”- han de hacer un profundo ejercicio de autocrítica estratégica sobre su actividad. En términos generales sus voluntariosas acciones se han limitado a la interlocución con los políticos. Pese a la diversidad de formatos y tonos con las que se han producido estos diálogos, los resultados hablan por sí solos.

La situación de la cultura en España sería mucho mejor si las asociaciones profesionales, en lugar de haber dirigido sus reivindicaciones a los políticos, se hubieran ocupado en el desarrollo de dos líneas estratégicas distintas: la primera, promover el valor de la cultura entre los ciudadanos (Vid. Advocacy toolkits’ para defender, apoyar y promover el valor de la cultura); y la segunda, dar ejemplo de aquello que exigen a los políticos: buen gobierno, transparencia, rendición de cuentas y una gestión responsable de los recursos.

De los políticos, y dados los precedentes, cabe decir que en términos generales, ni están ni se les espera. La clase política española debería consultar y dejarse aconsejar por verdaderos asesores -técnicos y profesionales expertos- y abandonar lo que en el terreno de la cultura es una práctica tan tóxica como habitual: nombrar a personas sin suficiente preparación a quienes se “coloca” o se paga un favor a costa del erario público y cuya presencia en la cultura solo se explica como refugio amable y resultón frente a otros posibles destinos políticos.

Pero nada de esto servirá sin la implicación de los ciudadanos. Sólo así se podrá comenzar a creer es posible una construcción responsable de la cultura. Es necesario que cada persona, individualmente y en su contexto social, se desprenda del estatismo que parece haber impregnado nuestra sociedad y se preocupe y se ocupe en mejorar la cultura, sus formas de gobierno y de gestión.

Si la cultura y una parte sustancial de la ciudadanía continúan esperando a que un político venga a resolverles sus problemas a modo de Mesías o de renovado Godot; habrá que advertirles de cómo acaba esta obra teatral:

Vladimir: ¡Qué! ¿Nos vamos?

Estragón: Sí, vámonos.

No se mueven.

Dicen que la cultura somos todos. Hagamos cada uno lo necesario para que así sea.

Publicado originalmente en Compromiso Empresarial, enero 2016.

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